Archive for maio, 2010

27
mai

El sujeto educado (sexta parte)

   Posted by: Héctor Hugo Palacio    in Educación, Foucault, autodisciplina, gubernamentalidad, sujeto

el sujeto de la educacion

Responsabilidad y autodisciplina individual

La relación del individuo con la sociedad fue una controversia de la modernidad, pero la controversia sobre el papel social del individuo se convirtió en algo habitual. La noción de “educación para la ciudadanía” quedó ampliamente incrustada en las instituciones y discursos. La controversia discursiva sobre la relación del individuo con la sociedad pasó a convertirse en una controversia sobre la identidad del individuo y el bienestar personal. En qué circunstancias fue posible ver al individuo como el lugar de la responsabilidad disciplinar?

La era progresista en Estados Unidos (aproximadamente 1880-1920) nos proporciona un ejemplo de cambios históricos en las tecnologías de la verificación, es decir, de las estadísticas, y en las tecnologías de la gobernación, es decir, la autodisciplina psicológica. Las categorías sociológicas, vigorosamente debatidas durante la modernidad, terminaron siendo aceptadas como “realidades” estadísticas. Es decir, muchos aspectos de los debates políticos y científicos de la modernidad (como por ejemplo, son las razas “realmente” diferentes?) se convirtieron en debates administrativos y finalmente se “resolvieron” y formalizaron mediante diversos procesos de legislación, institucionalización y prácticas discursivas. Además, los movimientos progresistas amplificaron el papel de la psicología en la educación.

La sustancia de la anterior subjetividad griega, medieval y de la Ilustración se correspondía en cierto sentido con un ser humano individual. Los trastornos de la epistemología moderna constituyeron una subjetividad transpersonal en el contexto de la formación de las instituciones sociales y la metafísica (neo) kantiana. A principios del siglo XX se estaban estableciendo instituciones sociales y políticas y se planteaban nuevos conjuntos de temas sociales y políticos. Académicamente, la separación de la psicología respecto de la filosofía moral supuso una nueva relación del sujeto educado con la sociedad y con el conocimiento y los métodos estadísticos adquirieron una creciente influencia en las ciencias sociales.

Eso generó una nueva configuración de lo que se podía saber y de cómo se podía saber cualquier cosa. El conocimiento de la ciencia social pudo expresarse en términos de estadísticas y al sujeto educado se le pudo reconocer en términos de psicología. Es decir, los fenómenos sociales se hicieron comprobables y verificables sobre la base de la medición estadística, la correlación y la predicción. Al mismo tiempo, la educación se fue convirtiendo cada vez más en una empresa psicológica y la psicología emergente se apropió de las categorías sociológicas de la modernidad. En el discurso educativo se efectuó la apropiación de las categorías establecidas estadísticamente (como los cocientes de inteligencia), como normas psicológicas que constituyen al sujeto educado.

La educación del sujeto

En este modelo de producción del conocimiento se identificó al sujeto que había de ser educado como un conglomerado de atributos definidos estadísticamente, como raza y género, apropiados como atributos del individuo en las formas de personalidad, afecto, sensibilidades perceptivas y cognición. Al mismo tiempo, sin embargo, el conocimiento no se asentaba en una sola mente, cuerpo o alma individual y ya no se podía basar en la experiencia personal (subjetiva), como pudo hacerse en épocas anteriores.

La educación, el lenguaje y los descriptores de la psicología se cuentan entre las tecnologías de la individualización, resultado lógico de la objetivación del sujeto. Este cambio epistemológico tendría finalmente un doble efecto: construiría conocimiento en términos de categorías estadísticas y construiría al conocedor como un ejemplo individual de tales categorías.

Un aspecto significativo de los cambios en la constitución del sujeto de los tiempos modernos es la fusión del lugar de poder y el sujeto de poder. En las épocas anteriores se había concebido el poder como soberano y situado fuera del sí mismo, mientras que el sujeto de poder había sido el sí mismo natural/social. Es decir, la subjetividad mantuvo previamente una relación agonística con el poder soberano. No obstante, los efectos de la modernización formal consistieron en desplazar el poder desde estructuras externas o soberanas a prácticas de autodisciplina. Así, el sujeto educado quedó investido de una nueva clase de poder, el de gobernarse a sí mismo. Las capacidades racionalizadoras de la psicología convirtieron la autogobernación en un aspecto del sujeto educado. A partir de entonces, al sujeto educado se le identificó según las capacidades psicológicas, mediatizadas por el conocimiento experto, y reguladas en términos de instituciones sociales. En tales circunstancias, el poder para autogobernarse fue simultáneamente la disciplina de ser psicológicamente normal.

El modo/régimen de gobernación, en su capacidad disciplinaria como “biopoder”, ha  sido analizado por Foucault como gubernamentalidad. En este modelo de gobernación, cuando la subjetividad está constituida a través de prácticas que identifican el sí mismo, se hace imposible distinguir el modo de subjetivación de su régimen. Es decir, en el análisis de Foucault, la gobernación tradicional (diferente de la moderna) fue un modelo en el que el poder era ejercido por “otro”, por algo situado fuera del “sí mismo”. El lugar de este poder soberano tradicional era discreto e identificable; en consecuencia, resultaba posible concebir un sujeto constituido en una relación positivamente agonística con el lugar del poder.La educación del sujeto

En contraste con ello, la gobernación moderna es un modelo en el que se espera que el sujeto educado, como ciudadano psicológicamente regulado, ejerza el poder que gobierna al sí mismo. Las relaciones de poder de la gobernación incluyen no sólo comportamiento, sino también “mentalidad” o el “alma”. En la modernidad se había puesto de manifiesto la existencia de un modelo de gubernamentalidad, pero se discutía el grado en el que la política suponía una gobernación del sí mismo. En el discurso educativo y a principios del siglo XX, este concepto de política como gubernamentalidad había cruzado un umbral epistemológico desde un tema discutible, hasta convertirse en una asunción tácita. No cabía ya la menor duda de que el sujeto educado sería autodisciplinado.

Del mismo modo que el conocimiento moderno era una clase de objetivación reflexiva (el sujeto percibe al sujeto), la gubernamentalidad es una clase de gobernación reflexiva (el sujeto disciplina al sujeto). El sujeto es reconocido así como “educado” y “civilizado” precisamente gracias a su “autodisciplina”. Y, a la inversa, al sujeto se le considera como “no civilizado” y “no educado” en la medida en que está constituido como no autodisciplinado.

Al sujeto educado se le pude describir como actualizado en términos psicológicos derivados de las normas estadísticas. Las estadísticas se desarrollaron como una solución a los problemas de diferencias teórico-práctica-políticas;  puesto que la sociedad consistía en papeles diferenciados, la educación habría de servir a propósitos diferenciados. Se esperaría por tanto del sujeto educado que asumiera identidades diferenciadas de acuerdo con las diversas adscripciones estadísticas (es decir, actuariales) que se ordenarían y regularían por medio del diagnóstico y la intervención psicológicas.

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26
mai

El sujeto educado (quinta parte)

   Posted by: Héctor Hugo Palacio    in Educación, Ilustración, Kant, modernidad, sujeto

la educación del sujeto

 

La objetivación del sujeto

En general, El discurso educativo actual asume que el sí mismo conocedor subjetivo es sí mismo como objeto de estudio y que el conocimiento del sí mismo constituye la base para una identidad educada. No obstante, eso no fue siempre así. De hecho, la noción que el sí mismo subjetivo pudiera tener una identidad objetiva es particularmente característica de la modernidad. En la obra de Immanuel Kant podemos examinar una de las primeras formulaciones del sí mismo como objeto.

La modernidad se caracteriza como una ruptura o rompimiento a partir de la Ilustración y por tres motivos. Primero, el convincente análisis que hace Kant del racionalismo y el empirismo echó a perder con efectividad ambos sistemas analíticos como discretos fundamentos plausibles, con lo que quedó abierto a la discusión el debate central que constituía la filosofía de la Ilustración. Las preguntas de Kant no se referían a los objetos que se veían, sino a cómo se producía el propio hecho de ver. Segundo, el imperativo categórico planteó un sujeto como punto de vista. Eso significa que el sujeto de la modernidad dejó de darse como trascendente; el sujeto como punto de vista se convirtió en el objeto de la investigación. El sujeto educado empezó a cuestionar las facultades de percepción, como la vista y el conocimiento. A partir de ahora ya no se podía dar por sentado al sujeto. El sujeto de la Ilustración como tabula rasa o ingenuidad fue sustituido por una moderna conciencia objetiva a priori. La experiencia subjetiva moderna sería examinada usando las mismas tecnologías que se habían desarrollado para examinar los objetos de la ciencia. La tercera dimensión fue que el significado de educado cambió desde el sujeto trascendente de la Ilustración al sujeto institucionalmente identificado de la modernidad. El proceso de llegar a ser educado pasó de ser una empresa predominantemente filosófica a una empresa enmarcada institucionalmente, es decir, la escolarización.

En la obra de Kant alcanzaron su culminación los debates ilustrados entre racionalismo y empirismo. En la epistemología de Kant y en la medida en que el racionalismo y el empirismo fueron finalmente “sintetizados”, ni el uno ni el otro pudieron desplegarse en su forma previamente separada. Kant no investigó los objetos, sino nuestro conocimiento de los objetos. Es decir, cuando la epistemología kantiana cuestionó al sujeto cognoscente, ya no quedó relación asumible entre el objeto y el sujeto. Surgió así una nueva forma de subjetividad en la que el sí mismo educado se convirtió tanto en el investigador como en el investigado. El sujeto educado asumió una identidad como alguien que examina semiconscientemente al sujeto como conocedor.

En lugar de los debates anteriores que avanzaban y retrocedían entre racionalismo y empirismo, surgió el “imperativo categórico”: “El punto de partida es no ser sino conciencia”. Este cambio es importante porque aporta una formulación inicial que permitió el estudio del sujeto como objeto. Además, aporta el mecanismo para un cambio desde el poder soberano (objetivo) a un ejercicio disperso del poder (subjetivo). La investigación del sujeto como un objeto en su contexto histórico conduciría eventualmente a la desaparición  del sujeto como sujeto y a la inclusión del sujeto en la objetividad.

Para el sujeto educado ya no fue posible citar los sueños como evidencia, puesto que se habían cuestionado las capacidades perceptivas del sujeto. Este es el cambio que definió el “conocimiento subjetivo”, que pasó de significar “opinión invalidada” y “conocimiento objetivo”, a significar “verdad validada”.

la educación del sujeto

La forma en que la objetivación del sujeto fue asumida históricamente en la modernidad británica queda ejemplificada en los escritos de Johan Stuart Mill. El discurso filosófico de Mill, como el de Locke antes que él, se centró precisamente en la relación del individuo con la sociedad. Es importante tener en cuenta, sin embargo, que “sociedad” es un objeto moderno de investigación que no perteneció a contextos históricos anteriores. La monarquía constitucional creada por la revolución  burguesa democrática de 1688 en Inglaterra, aportó el foro histórico en el que la sociedad se convirtió en un objeto (o sujeto) de la investigación racional, la clasificación sociológica y la administración política. El surgimiento de las instituciones sociales y políticas obligó a los administradores a definir y resolver temas de diferencia entre las gentes, con objeto de gestionar la sociedad.

Al analizar el resultado de la revolución epistemológica de Kant en relación con el utilitarismo de Mill y el desarrollo de las instituciones sociales, situamos otro nodo en el legado genealógico del sujeto educado. El sujeto educado de Kant estaba constituido en términos de “categorías” a priori. El aspecto de subjetividad educada de la Ilustración fue la liberación de la razón humana respecto de las determinaciones de la ley o la autoridad. Para Kant, convertir al sí mismo en un objeto de investigación consciente significó liberarlo del determinismo impuesto por las leyes de la naturaleza: “En realidad, la libertad no es más que la actividad espontánea de la que nosotros mismos somos conscientes. Las palabras ‘yo pienso’ ya indican que no soy un agente pasivo, sino libre, incluso en mis representaciones”.

El aspecto revolucionario de este cambio consistió en liberar posibilidades para el conocimiento humano de las determinaciones incontrolables de la ley natural o divina. Al situar al sujeto perceptor bajo el microscopio de la ciencia, el sujeto educado creó un potencial muchísimo más grande para el estudio científico. Además, si el sujeto educado ya no estaba determinado por la ley natural, entonces se le podía cambiar (es decir controlar) a través de la intervención científica. Por otra parte, el conocimiento del sí mismo serviría como el medio por el que el sujeto educado se convertiría en miembro de una sociedad moderna. El poder, pues, dejó de concebir-se como estrictamente soberano. El ejercicio moderno del poder empezó a adquirir la forma de control del sí mismo subjetivo por parte del sí mismo subjetivo.

La constitución del moderno sujeto educado se puede describir por tanto como una objetivación complicada y reflexiva. Es decir, previamente las metodologías científicas se habían aplicado a la investigación de objetos en el mundo exterior; se daba por sentada la realidad de un sujeto perceptor, de modo que el “si mismo” sujeto era sacrosanto e incuestionable. Pero la ciencia moderna consideraba ahora al sujeto perceptor como susceptible de investigación por medio de métodos científicos. Además, el contexto histórico de modernidad identificó al sujeto educado como un miembro de la sociedad.

la educación del sujeto

“Reflexividad” es el término que describe la situación en la que el sujeto percibe al sujeto. El psicoanálisis freudiano habría sido inimaginable sin la objetivación del sujeto. La reflexividad moderna es una inversión de la subjetividad cartesiana en la que el sujeto/sí mismo era trascendente y el objetivo de la ciencia era el desarrollo de la metodología. En contraste con ello, las metodologías de la objetivación reflexiva construyen  al sujeto/sí mismo como el objeto de un método científico asumido y en relación con una totalidad social. Eso fue lo que, en efecto, hizo que la sociedad fuera trascendente y el sujeto individual objetivado.

La ciencia moderna no fue una empresa hipotética. Ser educado significó ocuparse de toda una nueva gama de problemas: los de una sociedad y la relación del individuo con instituciones de administración y regulación. Unidad y verdad se comprendieron en términos de ciencia social y el “descubrimiento” científico de la diferencia tuvo consecuencias políticas de una nueva clase. Las cuestiones de derechos y justicia surgieron en contextos de administración institucional, gestión económica y legalidad. El sujeto educado fue construido en relación con la sociedad, con “sujeto”, “educado” y “sociedad” como categorías impugnadas.

En el discurso educativo, por ejemplo, la construcción del sujeto educado permitió dos clases muy diferentes de argumentos sobre identidades sociales. Un posible argumento fue que los géneros y las razas eran “realmente” diferentes, basándose la asunción de la diferencia en fenómenos percibidos objetivamente; eso justificó que las diferencias percibidas justificaran pedagogías, leyes, derechos e identidades igualmente diferenciadas. Un argumento diferente fue que la razas y los géneros eran “realmente” similares, basándose dicha similitud en la asunción de derechos naturales subjetivamente fundados; las diferencias sólo eran simples variaciones perceptivas, lo que significaba pedagogías, leyes, derechos e identidades universalmente adscritas. El problema, por tanto, sería cómo administrar una sociedad con una diversidad aparente.

En cualquier caso, el modo de subjetivación ya no era una cuestión personal, sino transpersonal. Las fronteras epistemológicas del sí miso dejaron de ser individuales (personales) y se fundamentaron en un contexto social (transpersonal), con términos tales como nación y clase. En tales circunstancias, el contexto social de modernidad permitió justificar una proposición (producir conocimiento) apelando a “realidades” aprehendidas racionalmente más allá de la experiencia personal (subjetiva) y específicamente fundamentadas en términos sociales (objetivos). Del mismo modo, el sí mismo se entendió como sujeto con respecto a la regulación y como objeto de la misma, en términos de identidades sociales racionalizadas.

El modelo epistemológico de sujeto y objeto no pertenecía a sistemas distintos al de la modernidad. Las versiones “tradicionales” de idealismo, metafísica, formalismo, deísmo y humanismo habían asumido un sujeto no mediatizado o trascendente, al menos hasta cierto punto. El impacto de la ruptura epistemológica kantiana fue tan profundo en el discurso filosófico que, a partir de entonces, todas las construcciones previas de subjetividad (en las que se suponía la existencia de un “conocedor”) se clasificaron como “realismo ingenuo”. Fuera de la modernidad, el punto de vista no se cuestionaba, no se examinaba, no se “veía”, por lo que era “ingenuo”. La objetividad moderna revolucionaria construyó un punto de vista aprehensible. En la construcción del sujeto moderno educado, lo que tradicionalmente se había considerado como sagrado (el alma/sí mismo) se reconstituyó como oculto y necesitado de examen. A partir de entonces, ser educado significó examinar no sólo los objetos del mundo, sin o también el propio punto de vista.

La eeducación del sujeto

El sí mismo educado de la modernidad era epistemológicamente complejo. El sujeto educado no sólo poseía una capacidad muy ampliada para la observación científica, sino que él mismo se identificaba como objeto de investigación científica, parte de la sociedad y, simultáneamente, el negociador entre las posturas del conocedor y lo conocido, del gestor y el gestionado. Desde el punto de vista político, la subjetividad moderna es en cierto sentido paradójica. Es decir, al sujeto se le adscribieron una percepción ilimitada y capacidades reguladoras ilimitadas; al mismo tiempo, el sujeto perdió su soberanía trascedente en la medida en que se le integró u objetivó en una abstracción organizada y regulada en términos de categorías social-científicas.

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