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14
mar

El sujeto educado (cuarta parte)

   Posted by: Héctor Hugo Palacio Tags: , , ,

La abstacción de la cognición

 

el sujeto educado

el sujeto educado

Otra suposición que encontramos en los discursos educativos actuales es que el sujeto educado posee una facultad de “cognición”. Generalmente, esa facultad cognitiva se entiende como algo que se puede abstraer de otras facultades del si mismo, como por ejemplo el “afecto” o el “comportamiento”. No obstante, la facultad de cognición no siempre se dio por segura. De hecho, Descartes, generalmente considerado como el “descubridor” de la cognición, no asumió que ésta estuviera separada del sí mismo. No obstante, su Discurso del método constituye un ejemplo em el que se debatió la abstracción de la cognición.

 Descartes asumió un sí mismo subjetivo trascendente; de hecho, asumió una naturaleza humana generalizada: “El buen sentido es el bien más uniformemente distribuído en todo el mundo… y es igual en todos los hombres”. Significativamente, Descartes fundamento su filosofia en la evidencia obtenida de sus sueños. En este sentido, confio en su sí mismo subjetivo (es decir, “soñador”) para que le proporcionara la base de la verdad; las premisas básicas de la verdad no exigían referente “objetivo” para su justificación.

 Cómo se llegó a comprender la cognición en términos abstractos, como constitutiva del sujeto educado? La contribución de Descartes consistió en la afirmación de que el proceso pensante es abstraíble del cuerpo. La abstracción cartesiana del proceso de pensamiento como el sí mismo se describe a menudo como un dualismo mente-cuerpo, pero esa descripción puede ser um tanto engañosa. Descartes no planteó um complemento de sustancias duales de mente y cuerpo, sino que más bien mantuvo que la persona (como cuerpo y alma) era completa y estaba determinada divinamente. Se repudiaron las sustancias “reales” en favor de “leyes” o “princípios”. Descartes dio estatus de “realidad” a un conjunto de princípios racionales. Después de todo, no se hizo famoso por decir: “Tengo uma mente, luego existo”.

La ruptura de Descartes con la tradición fue la afirmación de que el pensamiento se podia abtraer y perfeccionar (es decir, educar) como un proceso o método. De ahí que el sujeto cartesiano  a ser educado ya no se corresponda con un alma humana, sino más bien con un conjunto de princípios generalizables que se podían abstraer. Y es esa abstacción de princípios lo que aportó el fundamento crítico para el desarrollo de un “método científico”.

 La formulación de Descartes construyó además um sujeto educado de una clase completamente nueva, porque ese conjunto de principios abstractos se situo em el sí mismo. Es decir, ser educado ya no se referia a la atención y el cultivo de una naturaleza humana virtuosa, y tampoco al régimen ascético de piedad que separaba el alma del cuerpo, sino más bien a la identificación personal con principios racionales. Descartes no construyó racionalidad como un objeto de educación, sino que la construyó como constitutiva del sujeto educado: “Soy racionalidad y la racionalidad soy yo”. El sujeto educado asumió así uma identidad racional.

 

la educación

la educación

Las tecnologías del sujeto educado cambiaron desde las prácticas devotas que resaltaban la distinción entre el cuerpo y el alma, a prácticas metodológicas que resaltaban la distinción entre la verdad y la falsedad. A medida que el sujeto educado se identifico más y más com la racionalidad, fue perdiendo de vista las entidades previas de naturaleza, alma y cuerpo.

 Resultó que el método de Descartes fue un paso crucial para hacer al sujeto educado racionalizable y objetivable. Del mismo modo que la obra de Tomás de Aquino había tenido el efecto de formular un ámbito secular de conocimiento, gracias a su distinción sistemática de lo irracional respecto de lo racional. No obstante, las formas particularmente modernas em las que el sí mismo se haría racionalizable no se pudieron haber predicho a partir de la formulación inicial del cogito ergo sum.

El sujeto educado de um ethos ilustrado todavía no era racionalmente coherente. Ser educado significaba encontrar varias fuerzas (divinas, satânicas, naturales, lógicas y apetitosas), todas ellas construídas como entidades “reales” y soberanas. No se podía predecir qué clase de poder habría inmanente en ideaso emsarios extraños. El poder, pues, se podía adscribir a varias soberanias del universo que se hallaban en conflito. El sujeto educado de la época se identifico como “racional” gracias a que adoptó uma actitud de crítica.

Las tecnologías de la abstracción  y la racionalidad empezaron a formalizarse em los niveles tanto institucional como subjetivo. La escolarización formal comienza a princípios del siglo XVII. En ese período puede observarse una diferenciación progresiva entre la “educación” tutorial e individualizada, respecto de la “escolarización” que eu de clase o grupal. Al consierar el establecimiento de seminarios entre 1620 y 1692, la teología empezó a abrirse a la influencia de la lógica, la racionalidad y la stematización.

 El sujeto educado de la Ilustración empezó a ser construido de acuerdo con principios racionales. La racionalidad formó la base para a autoidentificación, las tecnologías metodológicas de la investigación y los regímenes institucionalizados. La escolarización grupal construyó la subjetividad como algo que tenia capacidades racionalizables compartidas por um grupo que, en consecuencia, podía ser clasificado. Para Descartes, sin embargo, el conocimiento seguía siendo accesible para sujetos educados individualmente y era producido por éstos. Y el conocimiento se podía generar, evaluar y validar mediante la experiencia subjetiva, incluídos los sueños.

 

la educación

la educación

El sujeto educado de principios del siglo XVII podía debatir honestamente entre racionalismo y empirismo. Descartes se esforzó por hallarle sentido a las complejas relaciones entre la lógica aristotélica, las verdades subjetivamente reveladas y los fenómenos empíricamente observables. El sujeto educado fue aquel cuya racionalidad subjetiva formo la base para la crítica. En este sentido y puesto que el método era todavia uma función subjetiva, el sujeto eras transcendente e incontrovertible.

 Las consecuencias epistemológicas que distinguen la metodologia de Descartes indican los cambios que terminaron por producirse em la constitución del sujeto: desde el sí mismo divinamente trascendente hasta el sí mismo de principios racionales. Finalmente, al sujeto educado se le terminó por entender como un conocedor subjetivo no mediatizado, como un individuo inmediatamente relacionado con la verdad, tanto si ésta se hallaba construída racional como experimentalmente.

  

Descartes

A idéia de Deus

 À diferença dos escolásticos que partem do mundo para elevar-se a Deus (daí o nome de prova cosmológica dada a este procedimento), Descartes considera somente as idéias que se encontram em sua consciência e que são diz ele, como quadros ou imagens das coisas. Toda idéia representa qualquer coisa; tal é sua função. A idéia é como uma cópia, a causa de idéia e o original da qual ela é cópia. As idéias imaginárias (quimeras, ficções, fantasmas), não representam nada real, se reconhecem justamente pelo fato de que podemos compô-las e decompô-las livremente. Não é de jeito nenhum o caso da idéia de Deus para Descartes: não podemos tirar de Deus um só de seus atributos, definindo sua natureza (a onipotência, a eternidade, a infinitude, a onisciência, a bondade etc.), pois eles constituem um conjunto inesgotável.

 A idéia de um ser infinito (que se encontra, segundo Descartes, em cada um de nós) não pode ter sido produzida por um pensamento humano finito, como é o do homem.

Como um ser finito e imperfeito, como o homem poderia forjar – quer dizer, construir todas as peças – idéia de um ser perfeito e infinito?

 Esta idéia não é uma ficção (como, por exemplo, a idéia de uma montanha de ouro), ela representa um ser verdadeiro, e representa-o fielmente. Ela excede, ultrapassa a capacidade de nossos pensamentos e, mesmo sendo perfeitamente concebível e mesmo a mais clara e mais distinta de todas nossas idéias, ela e incompreensível: o pensamento humano não o rodeia, nem penetra a extensão de sua profundeza. Todas elas são provas para Descartes que esta idéia foi causada ou colocada no pensamento humano pelo próprio Deus.

 Para Descartes, no resumo inicial das Seis Meditações, é impossível que a idéia de Deus que em nos existe não tenha o próprio Deus como sua causa.

 Da existência de Deus é que provém a força das idéias claras e distintas; Deus este que, sendo bom e perfeito, não permitiria que o homem se enganasse acerca destas idéias. Se temos idéias das coisas exteriores e de que nos chegam através dos sentidos, é porque tanto nosso corpo quanto estas coisas existem, tendo sido criados por Deus.

 Aqui se destaca o que está em jogo em sua época quanto ao problema da certeza: o conhecimento que tem o homem criado de sua segurança em mãos de seu criador e sobre o fato de estar compreendido na verdade de Deus. Se se submetesse essa base profundíssima da certeza a uma dúvida radical, correr-se-ia o risco de que o homem se afundasse na noite do ceticismo definitivo.

 Descartes acrescenta, ao final de uma analise complexa e apaixonante, que esta idéia que não e como as outras idéias, que esta noção única de um Deus único, está no homem como a assinatura do autor sobre sua obra. É preciso compreender que a obra é por si mesma a marca de seu criador.

Idéias claras e distintas: critêrio do conhecimento

Descartes

 Apoiadas na existência de Deus as idéias claras e distintas passam a ser o critério do conhecimento: justificam não só a possibilidade de conhecer, como também constituem-se em ponto de partida para a busca de novas certezas.

 Descartes, desde logo, podia indicar que precisamente no ponto mesmo em que se desmoronam todas seguranças do saber surge uma nova certeza.

 Nessa forma, o ceticismo não é o final na crise da consciência em que se anuncia a época moderna. Descartes encontrou o caminho para uma nova certeza. No torvelinho das incertezas ha algo que permanece indubitável: o fato da própria existência. O fato, de que Descartes não visse, como o haviam feito quase sem exceção os filósofos da Idade Media, o lugar da certeza. origináaria em Deus, mas o tenha deslocado para  homem, emprestou o caráter decisivoà Filosofia posterior. Desde então, pertence ao pensamento moderno, mas ou. menos explicitamente, o conceito de que o homem se atém a si mesmo e se abandona à certeza que surge nele mesmo. É a autonomia do eu, que tem em Descartes a fundamentação filosófica primordial e decisiva.

 Com a certeza de si, contudo, havia-se estabelecido apenas o alicerce e era preciso levantar sobre ele o edifício da Filosofia. Com esse fim, Descartes investiga primeiramente o que é esse eu consciente de si mesmo. Como se encontra a si mesmo na reflexão, é definido como ser pensante. É assim que se experimenta a si mesmo. Porém, quando Descartes prossegue meditando sobre isso não permanece na auto-experiência, mas serve-se de conceitos tomados da experiência das coisas do mundo. Chama o eu de “coisa pensante”, entendendo-o como algo no qual se encontram as propriedades de pensar, querer e sentir da mesma forma que o calor e o peso, nas coisas físicas. Desse modo, porém, se distorce a visão da particularidade do eu como característico do ser humano. E, contudo, com seu descobrimento da certeza de si, Descartes indica o caminho para todas as perguntas sobre a natureza do homem. Como diferente do mundo das coisas.

 No conceito do homem, tal e como o apresenta Descartes, abre-se caminho para uma segunda conseqüência funesta. Para ele, a natureza do eu é pensamento e nada mais; desde logo, o significado no sentido mais amplo, ou seja, abarcando o sentir e o querer ou, em poucas palavras, todo o campo da consciência. Porém, com isso, abre-se um abismo dificilmente transponível pelo homem, como ser consciente, como “coisa pensante”, e os outros seres não conscientes, não pensantes. Não se considera o eu como o homem concreto em seu mundo concreto. O eu, que só vive na consciência, perde o contato com as coisas. Foi assim como se iniciou com Descartes a divisão moderna da realidade em sujeitos desligados do mundo, por um lado, e puros objetos, por outro, que pesa hoje em dia sobre a filosofia relativa ao homem e ao mundo.

 Com o descobrimento da certeza de si e com a investigação da essência do eu, nem tudo esta feito. Porque ainda resta a possibilidade, surgida ao final da via dubitativa, de que o homem pudesse encontrar-se fundamentalmente em erro. Com a incerteza, Descartes encontra-se diante do tema decisivo da Metafísica, ou seja, a questão da origem de toda a realidade e a questão de Deus. Porque aquele erro fundamental sob o domínio do conceito da criação pressupõe considerar a Deus como embusteiro. Descartes tem, portanto, de tentar mostrar que Deus é veraz. Mas para poder fundamentar essa tese, ele tem antes de demonstrar que Deus existe.

 Nessa intenção, Descartes parte do fato de que o homem encontra em seu interior a idéia de um ser perfeitíssimo. Ora, essa idéia, na opinião de Descartes, não pode proceder do próprio homem, porque deve exc1uir-se a possibilidade de que o ser imperfeito “homem” possa engendrar em si mesmo essa idéia sobre o ser perfeitíssimo. Assim, de onde procede a idéia que tem o homem? Descartes responde que somente o próprio ser perfeitíssimo pode implantá-la nele. Unicamente Ele pode ser autor da idéia relativa à suma perfeição. Isso indica que Deus, como origem da idéia que tem o homem sobre o ser supremo, deve existir necessariamente. Porem, se Deus é perfeito, não pode ter posto o homem fundamentalmente no erro. Por fim, Deus não é um embusteiro, mas, ao contrario, deve ser a verdade pura. Resolve-se, desse modo, a dúvida total.

 Ao voltar a ter, assim, a certeza da existência e da veracidade de Deus, o homem, que por um instante se encontrou no isolamento perigoso da consciência de si mesmo, sabe-se inc1uído novamente na ordem protetora da criação. Não obstante, essa metafísica continua subterraneamente ameaçada, porque a prova da existência de Deus, tal como a apresenta Descartes, ao ser examinada mais de perto se revela um circulo vicioso. Descartes fundamenta-se no fato de que é impossível o homem engendrar por si mesmo a idéia de um ser perfeitíssimo, já que um ser finito, como o é o homem, não pode ser causa da idéia sobre o infinito, pelo fato de a causa dever ser pelo menos tão perfeita quanto o causado. O infinito, precisamente como tal, é infinitamente mais perfeito que o finito. Mas de onde essa afirmação sobre a relação entre causa e efeito obtém sua verdade? Descartes responde que esse conceito resulta evidente de maneira direta, que é originariamente verdadeiro. Porém, pode haver uma certeza originaria enquanto permaneça aberta a pergunta dubitativa de se o homem não foi situado por Deus no erro básico, também e precisamente no que se refere a suas certezas originarias? Assim, enquanto a prova da existência e da veracidade de Deus não seja completamente satisfatória, o principio da compreensão imediata continuará sendo também duvidoso. Se descartes fundamenta sua prova da existência de Deus precisamente nesse principio, que, em verdade, se depreende primeiramente ela, essa prova não é senão um circulo vicioso. Assim, a tentativa de Descartes de reconstruir a Metafísica fracassa já de inicio.

 Apesar de tudo isso, Descartes é o principal motivador da filosofia posterior, tanto em seus traços metafísicos quanto em suas tendências iluministas, tanto em seus pensamentos crentes quanto em sua desesperação niilista.

 Se a dúvida foi o ponto de partida para que Descartes chegasse a esses primeiros princípios do qual deriva sua filosofia, o modelo de raciocínio que utilizou para chegar até eles foi o da Matemática, pelas certezas e evidências que possibilita.

 As Matemáticas

Descartes

 Assim, a busca de idéias claras e distintas tem por modelo não o raciocínio 1ógico, mas o matemático. Descartes preocupa-se em descobrir verdades da mesma forma que, na Matemática, pode-se identificar uma incógnita a partir da descoberta de relações.

 As regras metodológicas de Descartes indicam o caminho que o individuo deve percorrer para chegar a verdades; neste sentido, as regras constituem-se em “exercício” do processo de descoberta que, segundo Brehier consistiria, antes de tudo, em levar o espírito à pose de alguns esquemas, que permitiriam saber, ante o problema novo, de quantas verdades e de que verdades depende sua solução.

 As regras metodológicas de Descartes evidenciam, por outro lado, a necessidade de ordenação, a qual também está presente no raciocínio matemático. Em As paixões da alma, Descartes afirma:

 … é esta a essência do pensamento matemático, desse pensamento para o qual ‘razão’ não significa mas do que proporção ou relação. proporção ou relação que, por si mesmas, estabelecem uma ordem, e por si mesmas se desenvolvem em série. E são as leis deste pensamento que as regras do Discurso nos ensinam, pelo menos as três ultimas….

 Assim, a ênfase na dúvida e no modelo matemático de raciocínio reflete-se nas regras metodológicas por ele propostas, meio através do qual a razão chegaria a certezas claras e evidentes, evitando os erros; em outras palavras, o método é o mecanismo que assegura o emprego adequado da razão nas suas duas operações intelectuais fundamentais: a intuição e a dedução.

 A intuição consiste numa apreensão de evidências indubitáveis que não são extraídas da observação de dados através dos sentidos. Tais evidencias são frutos do espírito humano, da razão, sobre as quais não paira qualquer dúvida.

 A dedução consiste na conclusão à qual se chega a partir de certas verdades-princípios. As verdades (conc1usões) derivadas das primeiras estão a elas ligadas intrinsecamente. Assim, o principal aspecto da dedução é a idéia de que as verdades indubitáveis guardam entre si uma relação de necessidade, ou seja, uma decorre necessariamente da outra.

 A importância que Descartes atribuiu à Matemática revela-se em dois aspectos de seu pensamento: um deles, como já se viu, é o fato de que adota o raciocínio matemático como modelo para chegar a novas verdades; o outro aspecto é o de que Descartes vê o mundo de forma matematizada.

 As noções matemáticas estão presentes na concepção da matéria que é para ele  extensão, isto é, tem comprimento, largura, espessura; ao explicar os fenômenos, Descartes não se detém, portanto, nas suas qualidades sensíveis (cor, odor, som … ), mas procura buscar sua essência que, segundo sua concepção, é matemática.

 De acordo com Koyré,

 exdui da ciência, recorde-se, tudo o que não era idéia clara, o que quer dizer, para ele, qualquer idéia abstrata do sensível, qualquer idéia com sua marca. Só é claro, quer dizer, inteiramente acessível ao espírito, aquilo que a inteligência concebe sem nenhum concurso da imaginação e dos sentidos. O que praticamente, quer dizer: só é claro o que é matemático ou, pelo menos, matematizável

Ao dizer matemático, Descartes tem como referencia a Geometria e isto fica evidente não só em seu conceito de matéria – que é vista como comprimento, largura e espessura – como em sua concepção de movimento. Este é, para Descartes, exclusivamente geométrico; não envolvendo a noção de tempo, são consideradas apenas a trajetória, a direção e a posição. Sendo encarado como translação no espaço – passagem dos corpos de um lugar para outro – o movimento é havido como entrechoque de corpos, já que Descartes admite a divisão indefinida da matéria e, portanto, não aceita o espaço vazio ou vácuo.

 Não havendo espaço vazio no universo, e sendo o movimento a passagem dos corpos de um lugar a outro, na medida em que um corpo se choca com outro, passa parte de seu movimento a este segundo. Conseqüentemente, a quantidade de movimento existente no universo, como um todo, é fixa, e sempre a mesma, já que, quando um corpo perde certa quantidade de movimento, esta é transferida, em igual proporção àquele com o qual se choca. Ao explicar os fenômenos pelas noções de extensão e movimento, este como entrechoque de corpos, Descartes apresenta uma visão mecânica de mundo:

 A noção aristotélica de mundo – um universo finalista, hierarquizado, em que cada coisa tem sua função e seu lugar e onde a terra é o centro – é destruída por Descartes, que põe em seu lugar extensão sem limites e sem fim ou matéria sem fim nem limites: para Descartes, é estritamente a mesma coisa. E movimento sem tom nem som, movimentos sem finalidade nem fim. Deixa de haver lugares próprios para as coisas: todos os lugares, com efeito, se equivalem perfeitamente; todas as coisas, de resto, se equivalem igualmente. São todas apenas matéria e movimento. E a terra já não está no centro do mundo. Não há centro. Não há mundo. O Universo não esta ordenado para o homem: não está sequer ordenado. Não existe à escala humana, existe a escala do espírito. É 0 mundo verdadeira, não o que os nossos sentidos infiéis e enganadores nos mostram: é aquele que a razão pura e clara que não se pode enganar reencontra em si mesma.

Para Descartes, com efeito, a distinção entre o espaço e a matéria que o encheria é um erro baseado na substituição da razão pela imaginação. A extensão cartesiana, geometria reificada, é, ao mesmo tempo, espaço e matéria. A estrutura do mundo não implica qualquer finalidade e não se explica para um fim. Resulta das leis matemáticas do movimento.

 A explicação mecânica do mundo vai ser identificada, no pensamento de Descartes, não só em relação ao mundo físico, como também em relação aos sentimentos do próprio homem. Por exemplo, na sua obra As paixões da alma, Descartes escreve

 … O movimento do sangue e dos espíritos do amor… Todas essas observações, e muitas outras que seria por demais cansativo relatar, possibilitaram-me concluir que, quando o entendimento se representa qualquer objeto de amor, a impressão que tal pensamento realiza no cérebro dirige os espíritos animais, por intermédio dos nervos do sexto par, até os músculos localizados em volta dos intestinos e do estomago, de maneira exigida afim de que o suco dos alimentos que se transformou em sangue novo, passe imediatamente para 0 coração sem se deter no fígado, e, sendo aí estimulado. Com mais vigor do que o é em outras partes do corpo, a penetrar no coração com maior abundancia e ativar um calor maior por ser mais grosso do que aquele que já foi diluído muitas vezes ao passar e repassar pelo coração; isso o faz enviar também espíritos ao cérebro, cujas partes são mais grassas e mais agitadas que habitualmente; e esses espíritos, ao fortificar a impressão que o primeiro pensamento a respeito do objeto amado nele provocou, forçam a alma a deter-se nesse pensamento. Isso é o que constitui a paixão do amor.

O mecanicismo de Descartes só não se estende ao pensamento, e a explicação disto pode ser encontrada na distinção que faz entre a alma e o corpo humano. Na Sexta Meditação, escreve:

 E, apesar de, embora talvez (ou, antes, com certeza, como direi logo mais) eu possuir um corpo ao qual estou muito estreitamente ligado, pois, de um lado, tenho uma idéia clara e distinta de mim mesmo, na medida em que sou apenas uma coisa pensante y sem extensão, e que, de outro, tenho uma idéia distinta do corpo, na medida em que é somente algo com extensão e que não pensa, é certo que este eu, ou seja, minha alma, pela qual eu sou o que sou, e completa e indiscutivelmente distinta de meu corpo e que ela pode existir sem ele.

 Como se pode observar, ao distinguir corpo e espírito, Descartes atribui um valor diferente para cada um deles. Ao caracterizá-los, aponta que o corpo humano se identifica com os demais corpos do universo: é extenso, se movimenta e pode ser explicado mecanicamente. Já a alma ou espírito é a essência do ser humano e, diferentemente dos outros corpos, é inextensa e indivisível. Ao descrever as funções de cada um destes elementos (corpo e alma), Descartes afirma que certas experiências humanas ocorrem em virtude da união deles; é o caso, por exemplo, das sensações (luz, som, cheiro, gosto …. das emoções (cólera, alegria, amor … ) e dos apetites (comer, beber). Assim, é pela participação do corpo nas emoções humanas (embora as denomine paixões da alma), que Descartes descreve de forma mecânica.

 À alma cabe pensar, o que envolve entendimento (responsável pelo conhecimento) e vontade (à qual estão ligados o desejo, a negação e a dúvida). É à alma que cabe, então, a principal função na produção do conhecimento: desvendar o que as coisas são. A isto se chegara, segundo Descartes, através da razão, único elemento que, pelo método cartesiano, é capaz de chegar a leis ou princípios gerais acerca das coisas. Dos princípios gerais pode-se, então, deduzir efeitos ou decorrências, que constituem novos conhecimentos, ou novas verdades claras e evidentes. Segundo Descartes, só pela razão se poderia chegar a estas verdades porque os principais atributos da matéria (a extensão e o movimento) não podem ser percebidos pelos sentidos, ao contrario de propriedades que, para serem identificados, precisam de sua participação, como a cor, o som etc.

 Descartes, ao contrario de Galileu, não se pergunta sobre como a natureza é ou se comporta, mas sim sobre qual o curso que a natureza deve seguir. Isto revela sua postura quanta à causalidade que é entendida como a conexão necessária entre fatos, em que um é a razão da ocorrência de outro. No entanto, em vez de observar a natureza e partir em busca das causas dos fenômenos com os dados da observação, aceita que a elaboração de relações causais ocorrera por deduções racionais em que, partindo-se de princípios gerais, chegar-se-ia as suas decorrências ou efeitos.

 À experiência (observação e experimentação) caberia, portanto, o papel de confirmar as possíveis “suposições” deduzidas dos princípios gerais. Alem disso, é também aos sentidos que cabe conhecer a existência das coisas, assim como o papel de “desempate”, ou seja, dentre todos os efeitos possíveis de se deduzir das leis gerais da natureza, é a experiência que auxilia na verificação de quais os que efetivamente se realizam. Para Descartes, portanto, a experiência acaba tendo de se subordinar à razão, na medida em que se restringe, praticamente, a uma função comprobatória. A superioridade do papel da razão em relação ao da experiência fica expressa em vários trechos de sua obra: Pois é, ao que me parece, apenas ao espírito, e não ao composto de espírito e corpo, que cabe conhecer a verdade dessas coisas.

 Se através da razão chegamos a verdadeira essência das coisas, se o método proposto propiciaria o uso adequado da razão no caminho da descoberta das idéias claras e distintas, e se Deus é bom e verídico, o que imprimiria confiança a tais idéias, como explicaria Descartes o erro, muitas vezes cometido pelo homem?

 A moral

As paixões da alma

 É do uso inadequado do método ou mesmo do desprezo ao seu uso que decorre o engano. Este advém do homem quando não usa de forma adequada as faculdades do espírito, expandindo a vontade alem dos limites da compreensão. Sendo o entendimento finito e a vontade infinita, esta pode ultrapassar os limites do conhecimento claro na busca precipitada da verdade, acabando por fazer com que se assumam como verdadeiras noções ainda confusas. A partir desta concepção nota-se que… a liberdade do homem intervém aqui, com a possibilidade dum bom ou mau uso. Procurando a causa do erro, (é assim que) Descartes desenvolve a sua concepção de liberdade.

 Quando se duvida já se esta exercendo a liberdade, que pode ou não recusar verdades claras e evidentes. Para que a vontade seja corretamente exercida, deve, portanto, submeter-se ao entendimento, caso contrário incorre-se em erro. O entendimento como guia fornece o critério que possibilita distinguir o verdadeiro do falso e assim fazer uma escolha. A vontade, existente na alma humana, exercendo sua liberdade, é que pode nos desvencilhar do erro e levar-nos a atingir a verdade.

 Na terceira parte do Discurso, Descartes, interrompendo a exposição de seu método, expõe as máximas daquilo que ele chama uma moral por provisão, necessária para o tempo em que sua busca absoluta da verdade o obriga a colocar tudo em duvida, pois, durante esse tempo, é necessário viver, e viver, para Descartes, leva à escolha de princípios ou regras que permitam orientar-nos na vida, da mesma maneira que a bússola e o compasso são necessários para a navegação. Para agir no mundo, uma doutrina é de uma utilidade bem menor do que as regras práiticas que seguimos aberta e firmemente.

 Se em relação ao conhecimento do mundo Descartes propõe que se deve partir de certezas, no que se refere à moral, o mesmo não ocorre. Neste campo, em que em dado momento as certezas podem não ser possíveis, Descartes mostra a necessidade de partir de alguns preceitos, ainda que provisoriamente (embora Descartes tenha proposto estas máximas inicialmente com um sentido provisório, elas acabaram por ter um caráter definitivo já que, apesar de retomar suas preocupações sobre a moral, no final de sua vida, não as reformulou). Estes deveriam nortear a ação do homem enquanto não se tivesse constituído a filosofia que esc1arecesse tal ação. É considerando a necessidade de viver da melhor forma possível que Descartes defende a noção de que, no que diz respeito à prática da vida, não deve pairar a irresolução, propondo, assim, uma ‘moral provisória’.

 Como guia da ação moral humana, Descartes propõe três máximas. A primeira é

 obedecer às leis e aos costumes de meu país, mantendo-me na religião na qual Deus me concedera a graça de ser instruído a partir da infância, e conduzindo- me em tudo o mais, de acordo com as opiniões mais moderadas e as mais distantes do excesso, que fossem comumente aceitas pelos mais sensatos daqueles com os quais teria de conviver.

 Na segunda, indica que se deve agir com decisão, mesmo que diante de uma opinião duvidosa. Considerando o fato de que a vida exige muitas vezes urgência nas ações. Descartes recomenda,

 Ser o mais firme e resoluto que possa em minhas ações, e não seguir com menor Constancia as opiniões mais Duvidosas como se elas fossem as mais seguras, uma vez esteja determinado… E assim como as ações da vida não suportam às vezes atraso algum, é uma verdade muito certa que, quando não está em nosso poder o distinguir as opiniões mais verdadeiras, devemos seguir as mais prováveis.

 Em relação a essas opiniões prováveis Descartes afirma que: uma vez tendo se decidido por elas, deve-se agir como se fossem verdadeiras. .

 Na terceira, propõe procurar sempre me vencer antes que tentar cambiar a ordem do mundo: e sempre acostumar-me a crer que não há nada que esteja totalmente em nosso poder, mesmo nossos pensamentos….

 Paralelo à certeza que o entendimento pode ter sobre as verdades especulativas, há uma certeza que vem da vontade quando o homem age e pensa com resolução nas diversas situações da vida em que não é razoável escutar verdades como aquelas que demonstramos em Matemática e em Metafísica.

É  interessante perceber que, se em relação à produção de conhecimento Descartes apresenta uma posição de questionamento revelada na regra metodológica da dúvida, relativamente à moral apresenta uma postura conformista. Em uma carta dirigida a Elisabeth (4 de agosto de 1645), Descartes diz que as três regras de moral expostas em seu Discurso permite a cada um ficar contente de si próprio e não esperar nada mais.

 Conclusao

Descartes

 O cógito ergo sum cartesiano responde à seguinte reocupação: à necessidade radical de não buscar nenhum fundamento externo, para garantir a autonomia. Algo pode ser aceito como verdadeiro, se satisfizer exclusivamente critérios claros e distintos. A tese metafísica da subjetividade adquire força, justamente porque o pensar descobre a certeza apodíctica de que o pensamento está dado e, por conseqüência, o eu. A busca da certeza leva o pensamento a se instalar como reflexão de si mesmo. Segundo Descartes,

 … enquanto eu queria assim pensar que era tudo falso, cumpria necessariamente que eu, que pensava, fosse alguma coisa. E, notando que essa verdade: eu penso, logo existo, era tão firme e tão certa que todas as mais extravagantes suposições dos céticos não seriam capazes de abalar, julguei que podia aceitá-la sem escrúpulo, como 0 primeiro principio da Filosofia que procurava.

 Pensar e representar, trazer as coisas diante de si mesmo como representadas; desse modo, a consciência de si é condição de possibilidade para a consciência do objeto. Isso tem como conseqüência a objetivação do presente no modo de proceder das ciências modernas, gerando a racionalidade instrumental e as mais diversas formas de dominação.

 Descartes considerava que os procedimentos dos antigos e escolásticos não assegurariam as bases da ciência universal, sendo necessária a criação de um método que assegurasse a verdade. Por isso, abaixo do titulo Discurso do método (1637), aparece o explicativo para bem conduzir a própria razão e procurar a verdade nas ciências. O pensar claro e distinto, a partir de um modelo matemático, torna-se critério de verdade. A opção metodológica cartesiana, ao trazer o apreço pela Matemática, traz também a desconfiança com relação as opiniões e crenças do mundo, à  diversidade que é estranha à razão. Para que a tarefa de bem usar a razão obtenha êxito, deve-se seguir passo a passo um método.

 Com Descartes, instaura-se a consciência subjetiva, racional e autônoma, a qual pretendia superar as concepções metafísicas que concediam exterioridade a fundamentação da razão. Não mais devedora de forças mágicas e princípios supra-sensíveis, a racionalidade moderna prepara o caminho para o avanço triunfal das ciências.

Descartes

Descartes

10
nov

O método cartesiano (primeira parte)

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 Descartes

 René Descartes nasceu em Touraine a 31 de março 1596. Seu pai, conselheiro no parlamento de Bretanha, ocupou-se, inicialmente, da educação de seu filho mais novo. Por volta dos dez anos foi enviado ao colégio dos jesuítas em La Fleche, escola altamente conceituada em seu tempo e onde as ciências são ensinadas segundo a velha maneira escolástica. Contudo, aquilo que lhe e apresentado como saber inquestionável parece-lhe altamente duvidoso, particularmente a Filosofia.

 Após oito anos de estudo, parece indeciso sobre o rumo a tomar. O amplo mundo o seduz, decide viajar e descobre que a melhor oportunidade seria o Exercito. Descartes torna-se um homem das armas. Ingressa na vida militar em 1618, servindo sob o comando de Mauricio de Nassau. Dessa forma, percorre a Holanda, a Alemanha, a Áustria e a Hungria; deixa a carreira militar em 1620. Como civil viaja pela Suíça e pela Itália. Após um longo período na Holanda, parte para Estocolmo em 1649 a convite da rainha Cristina da Suécia, que apreciava ter em sua presença sábios, escritores e artistas. Morre, poucos meses após sua chegada, a 11 de fevereiro de 1650.

 Obra

Descartes

 Fora alguns ensaios, Descartes não parece ter escrito muito antes de sua instalação na Holanda. A primeira obra de porte foi redigida somente nesse momento, mas Descartes não a terminou. O titulo dessa obra, escrita em latim, é: Regras para a direção do pensamento. Foi a primeira exposição do método cartesiano.

 Em Amsterdã, Descartes começa um pequeno tratado de Metafísica que ficará inacabado e se atrela a uma tarefa de grande amplitude, a redação de um tratado de

Física que exponha a estrutura do mundo. No momento de sua publicação em 1633, Descartes soube da condenação de Galileu pela Igreja, então, decide retardar a impressão por temor que alguma coisa semelhante lhe aconteça. Quatro anos mais tarde, entrega-o ao editor em francês e sem assiná-lo; trata-se do livro que todos os seus amigos esperavam, O Discurso do Método, seguido de três ensaios que são como amostras do Método: La Dioptrique, Les Meteores, La Geometrie. A partir daí, as grandes obras se sucedem rapidamente: As Meditações Metafísicas (publicadas em latim em 1641), Os Princípios da Filosofia (1644), também em latim. As Paixões da Alma, que aparecem na Holanda e na França em novembro de 1649.

 Descartes acredita que sua missão consiste em unificar todos os conhecimentos humanos a partir de bases seguras, construindo um edifício plenamente iluminado pela verdade e, por isso mesmo, todo jeito de certezas racionais.

 O impulso inicial do trabalho cientifico de Descartes foi a critica da Física escolástica, totalmente imbuída do ensino de Aristóteles. Desde seus primeiros escritos, Descartes critica aquilo que aos seus olhos não eram mais do que idéias confusas: as formas substanciais pelas quais os escolásticos acreditavam explicar a natureza dos corpos materiais não são para ele mais do que palavras que recobrem a ignorância da verdadeira natureza da matéria.

Com enorme audácia, empreende nova fundamentação radical da filosofia. Porem, depois se assusta com o abismo que se abria diante dele e retorna ao leito do pensamento e fé antigos. Mas talvez não pudesse suceder outra coisa com um pensador de uma época de mudança senão buscar o moderno, permanecendo ao mesmo tempo ligado ao passado. De toda forma, nessa sabedoria discrepante do compromisso com o futuro e da responsabilidade para o passado, esta o segredo da existência enigmática de Descartes.

Desde logo, sua maior importância não é a relativa às matemáticas e às ciências naturais, ainda que se destacasse também nesses campos, sobretudo pela invenção da Geometria analítica. O fato’ mais importante é o seu esforço por transmitir à Filosofia o método exato das matemáticas, com o fim de que pudesse equiparar-se com a certeza e a evidencia das ciências geométricas, e para poder assim sair da incerteza de então, provocada pelas opiniões contrarias.

 Em outras palavras, Descartes acredita na possibilidade de conhecer e de chegar a verdades. Isso só é possível pela recuperação da razão. Através de recursos metodológicos, propõe a utilização adequada da razão, de forma a obter idéias claras e distintas (verdades indubitáveis), ponto de partida para alcançar novas verdades também indubitáveis. À crença na razão, Descartes chega através de um processo em que, usando a dúvida como procedimento metódico, estende-a a tudo o que o cerca.

 Porém, dessa elevada responsabilidade filosófica, surgem agora as dificuldades. Porque aqui se trata de um tipo de problema totalmente distinto, a saber, das questões metafísicas e, sobretudo, da existência de Deus e da natureza da alma humana. Descartes quer ocupar-se desses temas antiqüíssimos da Filosofia com sua nova metodologia.

 Por isso considera que a sua tarefa é demolir tudo desde a base e começar de novo desde os alicerces. A coragem com que empreendeu essa tarefa tornou possível que em sua dúvida radical se produzisse uma transição para a filosofia moderna que, seguindo Descartes, baseia-se no sujeito e em sua liberdade.

 Quando Descartes empreende a tarefa de pôr a prova a solidez de tudo quanto até então havia sido considerado tão evidentemente certo, se dá conta de que tudo começa a vacilar.

 E, o que é a razão cartesiana? É o poder de julgar de forma correta e discernir entre o verdadeiro e o falso, que é também denominado bom senso, no Discurso do Método.

Mestres e possuidores da natureza

Descartes

 Esta célebre expressão utilizada por Descartes na Sexta parte do Discurso do Método tem sido fortemente criticada, sobretudo, em nosso tempo, quando muitos, com justa razão, inquietam-se pelas conseqüências para o homem e a natureza de um mundo tecnificado. Com alguma freqüência escutamos que o cartesianismo é o ponto de partida da apropriação e da desfiguração da natureza.

 A verdade é que Descartes ficou desiludido com o fraquíssimo conteúdo prático dos saberes que lhe foram ensinados. Ele procurava uma ciência que pudesse guiar os homens através dos diferentes caminhos percorridos. Descartes espera, no Discurso, que a filosofia que seu método desenvolve seja, ao contrário daquela da Escola, mais prática do que especulativa. O que devemos entender por isto? Certamente não, que ele vai renunciar a procurar a verdade e aceitar agir sem conhecimento de causa, às cegas, de qualquer forma. Por “prática” devemos entender que possa ser útil ao gênero humano. Por isso, é necessário poder agir sobre as coisas, transformá-las, em lugar de considerá-las imutáveis e intocáveis. As coisas naturais podem mudar de figura sem deixar de ser naturais, suas propriedades podem ser utilizadas diferentemente sem inverter por isso sua finalidade.

 Descartes não prega a conquista da natureza pelo homem, mas sua utilização inteligente graças ao conhecimento que a Física aporta. Que o homem possa verdadeiramente ser e se considerar o mestre da natureza seria aos seus olhos, e em relação aos princípios de sua filosofia, um absurdo dobrado de uma infantilidade. O domínio técnico de um objeto não induz a uma conduta de dominação, mas de responsabilidade.

O método

Descartes

 O argumento de Koyré aponta para o caráter paradoxal da afirmação da ciência no Renascimento, justamente porque é a época das letras e das artes e não de “ideal de ciência”. Embora Descartes não se situe especificamente nesse período, vive o ceticismo das tradições antigas. A explicação estaria na destruição da física e da metafísica aristotélicas, deixando a época renascentista sem critérios para decidir a possibilidade ou não de algo. Essa destruição da ontologia, que permitia decidir antecipadamente a verdade e a falsidade, abriu espaço para uma “credulidade sem limites”. Disso emerge uma ontologia “mágica”, possibilitando, por um lado, que tudo seja possível mas, por outro, gera o reverso, uma curiosidade ilimitada, agudeza de visão, espírito de aventura (o próprio Descartes empreende diversas viagens e conclui que os costumes levam à diversidade de opiniões e à impossibilidade de estabelecer um principio de verdade, através de tais costumes e opiniões), enfim uma curiosidade pela natureza. Qual o caminho que nos leva à verdade? É essa a pergunta originaria da Filosofia moderna, cuja resposta é dada pelo empirismo, para o qual a verdade deriva da experiência do mundo dos fatos, e pelo racionalismo, para o qual a verdade encontra seus critérios no interior da razão, sem recorrer à experiência.

 A tentativa da razão autônoma de desvencilhar-se da Metafísica deixa duvidas quanto ao êxito do empreendimento e acaba por transformar a autonomia num principio metafísico.

 É melhor, afirma Descartes, não procurar nunca, do que fazê-lo sem método. O que faltou à Filosofia tradicional, segundo ele, foi o método, tanto para determinar o sujeito que se procura, quanta para traçar o caminho que é necessário seguir para chegarmos ao resultado que desejamos obter. Nunca faltaram bons espíritos nos séculos passados, porem sem o verdadeiro método, eles não descobriram mais do que verdades derivadas e ao acaso, pois não é suficiente ter um bom espírito, é necessário, ainda, aplicá-lo bem.

 Desde seu primeiro grande escrito, o Discurso do método, Descartes busca elaborar um método que permita ao espírito progredir com segurança na busca da verdade, sem importar em que campo. É de um método tal que se servem (sem que o saibam) os matemáticos: eles partem das coisas mais simples e graças aos encadeamentos rigorosos de uma verdade à outra, eles chegam a resultados certos. Evidência e certeza: tais são os dois fins do método.

 Na Segunda parte do Discurso, Descartes resume o essencial do método em quatro regras cuja utilidade depende da decisão de aplicá-las em cada situação. O método não é eficaz senão na renúncia à permanecer como uma consigna exterior ao espírito, para se tornar, por um exercício constante, a disposição mais profunda possível. É por isso que Descartes previne os amantes de soluções milagreiras: o método, disse ele em essência, consiste na prática e não na teoria.

 Segundo Descartes, as leis são: … nunca aceitar algo como verdadeiro que eu não conhecesse claramente como tal: ou seja, de evitar cuidadosamente a pressa e a prevenção, e de nada fazer constar de meus juízos que não se apresentasse tão clara e distintamente a meu espírito que eu não tivesse motivo algum de duvidar dele.

 Nesse sentido, aqui é perfeitamente aplicável o principio segundo o qual a pressa é inimiga da perfeição. repartir cada uma das dificuldades que eu analisasse em tantas parcelas quantas fossem possíveis e necessárias afim de melhor solucioná-las ( …. ) o terceiro, o de conduzir por ordem meus pensamentos, iniciando pelos objetos mais simples e mais fáceis de conhecer, para elevar-me, pouco a pouco, como galgando degraus, até o conhecimento dos mais compostos, e presumindo até mesmo uma ordem entre os que não se precedem naturalmente uns aos outros ( …. ) E o último, o de efetuar em toda parte relações metódicas tão completas e revisões tão gerais nas quais eu tivesse a certeza de nada omitir.

 Um certo gênio mau

Descartes

 Descartes é o filósofo que fez da dúvida o método por excelência para distinguir os conhecimentos certos daqueles que são verossímeis. Porém se ele emprestou aos cépticos seu instrumental, ele se serviu de uma forma totalmente diferente destes, e sobretudo com uma finalidade diametralmente oposta àquela do cepticismo. Os filósofos cépticos – diz ele em essência – se serviram da dúvida como um fim em si mesma, duvidando por duvidar, enquanto que ele a utiliza como pedra de toque da verdade, na esperança de chegar a uma certeza verdadeiramente indubitável.

 Sem dúvida, é por isso que Descartes, na exposição de sua metafísica, não limita a dúvida às coisas sensíveis, argüindo do caráter enganoso dos sentidos; ele a estende a tudo aquilo que o espírito pode conceber e aquilo que ele tem por mais certo, como as verdades matemáticas. A partir desse momento, Descartes ultrapassa os limites da dúvida natural, instituindo uma dúvida “metafísica”, quer dizer, geral, radical e propositadamente excessiva. Em suas Meditações escreve:

 Presumirei, então, que existe não um verdadeiro Deus, que é a suprema fonte da verdade, mas um certo gênio maligno, não menos astucioso e enganador do que poderoso, que dedicou todo 0 seu empenho em enganar-me. Pensarei que o céu, o ar, a terra, as cores, as figuras, os sons e todas as coisas exteriores que vemos não passam de ilusões e fraudes que Ele utiliza para surpreender minha credulidade. Considerarei a mim mesmo totalmente desprovido de mãos, de olhos, de carne, de sangue, desprovido de quaisquer sentidos, mas dotado da falsa crença de possuir todas essas coisas. Permanecerei teimosamente apegado a esse pensamento; e se, por esse meio, não está em meu poder chegar ao conhecimento de qualquer verdade, ao menos está ao meu alcance suspender meu juízo.

 Penso; logo, existo

Descartes

 O caminho que Descartes percorre para chegar às primeiras verdades evidentes, base de todo seu sistema, é o que se segue: ao duvidar de tudo, chega a certeza de que é um ser pensante, de que Deus existe, de que existem o seu próprio corpo e os corpos dos quais tem sensações.

 Ao analisar o próprio pensamento, que é dúvida, Descartes percebe-se como ser imperfeito, e tudo o que existe à nossa volta é igualmente imperfeito, mas, ao mesmo tempo, é possível reconhecer que existe a idéia de perfeição – essa idéia provém de Deus, pois só Deus poderia ter colocado essa idéia no homem. Isso é revelado pela “luz natural”, pelas idéias claras e distintas do cogito. A necessidade subjetiva das idéias (idéias inatas) converte-se em necessidade objetiva, e assim ficam asseguradas a unidade das experiências e a certeza do conhecimento. Dessa forma, Descartes reincide na Metafísica, dada a presença, no eu pensante, de idéias inatas.

 Partindo da regra de que não se deve ter por certo nada que não seja claro e distinto, Descartes passa a duvidar da existência de todas as coisas, particularmente do que é proveniente dos sentidos.

 Antes de tudo, revela-se duvidosa a realidade do mundo externo: que as coisas sejam verdadeiramente como aparecem ao homem ou, mesmo, que existam. Com freqüência, experimentamos como nossos sentidos nos enganam. Não obstante, nessa dúvida, permanece pelo menos a certeza da própria existência corporal. Porém, também ela esboroa-se ao ser examinada com maior cuidado. O que consideramos como nossa existência física pode ser apenas produto de um sonho. Porém, há uma certeza que se salva dessa tragédia. Existem verdades inamovíveis que persistem também nos sonhos, por exemplo, a frase de que dois mais três são cinco, ou os conceitos básicos mais gerais, como a dilatação, a forma, o tempo e o espaço. Contudo, também essas verdades em que se funda todo conhecimento submergem na dúvida quando se examinam de maneira radical. São ligadas de modo inseparável à estrutura intelectual do homem. Contudo, poderia ocorrer que este último, em razão da natureza, estivesse enganado até mesmo quanto ao que considera mais certo.

 Esta dúvida só não pode atingir o próprio pensamento, cuja existência fica evidente pelo fato de a dúvida ocorrer. Penso; logo, existo: Descartes chega aqui à conclusão de que é um ser pensante e que, portanto, existe.

 Esta f6rmula – a mais celebre de todas em Filosofia – deriva logicamente da generalização da dúvida, pois, se eu posso duvidar de todas as coisas, inclusive das verdades matemáticas, eu não posso duvidar de que eu duvido, ou que sou eu que duvido. Por conseguinte, esse eu que duvida existe. Certo, ele pode não existir em carne e em ossos, porque a existência das coisas sensíveis foi colocada em dúvida, pode ser que eu sonhe e que tudo aquilo que eu atribuo a minha natureza seja falso. Mas é impossivel que, pensando ver todas as coisas, eu não seja ou eu não exista, eu que penso assim vê-las, tocá-las e senti-las.

 As conseqüências desse raciocínio tão simples em aparência, que até parece tauto16gico, são consideráveis. De outro lado, a maior parte dos filósofos que dirigiram a Descartes (a pedido) objeções às suas Meditações manifestaram sua surpresa diante da caminhada contraria, parece, à ordem natural das coisas: as coisas externas não vêm antes do pensamento que a consciência tem? Não é necessário que exista um mundo exterior para que sua idéia se encontre na consciência? Não, responde Descartes, a existência desse mundo é extremamente verossímil, tanto que não duvidamos, mas ela não resiste a uma dúvida radical e geral, enquanto que só o pensamento daquele que duvida possui a certeza absoluta procurada em Metafísica. Como é necessário começar por aquilo que é mais certo, o cogito torna-se com Descartes o primeiro principio da Filosofia.

 Imagem do pedaço de cera e o conceito de verdade

Descartes

 As Meditações Metafísicas, a obra-mestra de Descartes, rompe com a ·forma habitual das obras de Filosofia que são, na maior parte (sobre tudo na época da Escolástica cujo longo reinado acaba então), tratados sistemáticos encadeando questões e respostas, sobrecarregados de inumeráveis referências aos comentadores anteriores. Nestas seis meditações, Descartes não cita, nem menciona ninguém, ele não se apóia sobre nenhuma autoridade (nem mesmo sobre aquelas verdades lógicas) ele caminha só, passo a passo, relatando sua experiência como se ele a formulasse em alta voz à medida que ela se desenvolve. Este frente-a-frente de Descartes consigo mesmo se assemelha com aquilo que Platão chama o diálogo interior da alma consigo mesma.

 Um exemplo desta entrevista solitária ou de conversa a uma voz é dada pela célebre analise chamada do pedaço de cera – Segunda Meditação – onde Descartes voltando sobre o cogito e gritando a si mesmo que essa verdade não é mais firme do que aquela da experiência: sensível, faz mudar em pensamento a forma de um pedaço: de cera, de tal forma que todas as propriedades que recenseamos sejam mudadas umas após as outras. Porque – se pergunta – digamos que a mesma cera permanece enquanto nenhuma das propriedades percebidas restou a mesma? Ele conclui – voltando por ai à evidência do cogito reforçada por esta contraprova – que não é pelos sentidos nem pela imaginação que as coisas são conhecidas, mas por uma inspeção da consciência.

 .. . donde eu gostaria quase concluir que conhecemos a cera pela visão dos olhos e não pela só impressão da consciência, se por acaso eu não olhasse desde uma janela os homens que passam..pela rua, e vendo-os eu não deixo de dizer que eu vejo homens, do mesmo jeito  que eu digo que vejo cera; e contudo que vejo desta janela, senão chapéus e casacos que podem cobrir espectros (fantasmas) ou homens simulados que não se movimentam mas do que através de molas? Mas eu julgo que eles são homens verdadeiros, e assim eu compreendo, pelo só poder de julgar que reside em minha consciência, aquilo que eu acreditava ver com meus olhos.

 A verdade consiste no acordo entre a idéia e a coisa. Esta definição tradicional e muito respeitável da verdade não nos faz avançar muito quando procuramos um critério ou uma nota certa da verdade. Quando, como é o caso para Descartes, consideramos a existência das coisas externas como duvidosa, não resta mais do que considerar um julgamento ou uma proposição tida como verdadeira e se perguntar, então, o que a fez tal. Uma proposição de tal sorte, Descartes vem de descobrir (e uma só, aliás) com o cogito: eu tenho certeza que eu sou uma coisa que pensa. Ele acrescenta logo depois, mas não sou eu também que sou cominado para me tornar’ certo de qualquer coisa? Em outras palavras, ele se pergunta se não é possível extrair, por assim dizer, desta proposição aquilo que a torna verdadeira, e fazer disso a regra geral da verdade. Eu penso, eu existo sendo o objeto de uma percepção clara e distinta, e sendo verdadeiro por esta razão, podemos estabelecer como regra geral que todas as coisas que concebemos claríssima e distintamente, são todas verdadeiras.

 A evidencia toma assim o lugar da correspondência na definição da verdade. O risco é imenso – não têm faltado filósofos para mostrá-lo – cair numa concepção arbitrária e subjetivista da verdade. Mas, de um lado, Descartes preocupa-se em procurar uma garantia para a evidência e ele a encontra na existência de um Deus verdadeiro (a verdade precisa da veracidade) e, de outro lado, sabendo que esta regra pode dar lugar a usos errados, ele pede a cada um confirmar o melhor possível que a evidência que ele sente em sua consciência não é mais do que aparente. Nenhuma regra dispensa o julgamento.

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