
Sabemos que hoy la educación artística, por lo menos a nivel de discurso, constituye una de las áreas de la formación integral de la persona; a ella se le atribuye un importante papel en el desarrollo de la sensibilidad y de la capacidad creativa; en alguna medida, siempre desde la perspectiva de la escuela, se le relaciona con las cualidades propias del campo de las artes y de la condición del artista, esto es, libertad de expresión, posibilidad de comunicar los propios sentimientos, imaginación, inventiva. No obstante, no debemos perder de vista que este concepto es relativamente reciente, procede de unas cuantas décadas atrás solamente.
En este sentido, ¿cuál pudo haber sido el significado de la educación artística para Juan Amós Comenio? ¿En qué términos fue posible que aproximara algunas expresiones artísticas al ámbito de la vida escolar del siglo XVII?
Comenio fue, ante todo, un hombre de Iglesia, el último pastor de la Unitas Fratrum, comunidad religiosa de la Iglesia checa reformada, que estableciera importantes vínculos con el luteranismo y con el calvinismo. Esta condición lo marca y explica su exilio casi de por vida, en la medida en que su región cayó bajo el dominio de los Habsburgo y de los jesuitas, que encabezaban una contrarreforma de gran amplitud. La profunda alteración de creencias y valores, los síntomas permanentes de desorden y violencia generalizadas, el desquiciamiento evidente en los diversos planos de la vida social, consolidó en él la obsesión de su vida: re-formar, volver a fundar los asuntos que competen a los hombres conforme al modelo de los primeros tiempos del cristianismo. De ahí nace su obra cimera, la Consulta universal para la enmienda de los asuntos humanos (escrita entre1644-1670). En ella se compromete de lleno con la gran restauración de los hombres, de las sociedades, de los saberes; el medio para lograrlo, es precisamente la educación de todos los hombres, en todas las cosas, en todos los tiempos.
En cualquiera de las lecturas que hagamos de cualquier obra de Comenio no podemos obviar su condición de protagonista de las reformas religiosas de las Iglesias Evangélicas; la apuesta de su vida siempre se orienta hacia esa dirección.
Desde esta perspectiva, el propósito de este artículo es incursionar en algunas facetas de la propuesta educativa comeniana en relación con el arte, tratando de no perder de vista el tiempo histórico del pensador moravo, su filiación religiosa, así como el sentido de sus aportaciones didácticas y pedagógicas.
El arte en el mundo comeniano

Comenio
La palabra arte, así como las prácticas relacionadas con él, son constantes en la obra, particularmente las que abordan temáticas pedagógicas y didácticas, de Comenio.
En el caso de una de sus obras más conocidas, donde recoge y analiza su experiencia como docente en las escuelas de su comunidad religiosa, la Didáctica Magna, ubica las artes, como contenido propio de las escuelas renovadas, al lado de las ciencias, las lenguas, las buenas costumbres y la piedad. En esta obra procede, en seguida, a prescribir el método de enseñanza adecuado en cada caso. Así, el capítulo XXI dedicado al “Método de las Artes“, resulta esclarecedor respecto a la lectura que nuestro autor hace de este campo. Por una parte, lo ubica en el terreno del hacer, para lo cual se requiere de modelos y ejemplos, materia e instrumentos de trabajo, así como una graduación de dificultades y una ejercitación constante, a través de la cual los errores se rectifiquen y se vaya adquiriendo una mayor autonomía en la práctica.
El arte, como tal, sabemos que comparte una doble procedencia etimológica, la techné griega, la ars latina, y apela a aquellas actividades propias de los seres humanos donde se pone en juego la destreza, la habilidad, la inventiva, siempre en el terreno de la transformación de algún aspecto de la naturaleza; de hecho, el propio subtítulo de la Didáctica Magna, “tratado universal del arte de enseñar“, hace referencia a esta habilidad en la transmisión de conocimientos. Estamos en el ámbito de las artes con sentido de utilidad, propias del siglo de Comenio y no en el de las bellas artes, como herencia de la ilustración a partir del siglo posterior.
Para Comenio, carpinteros, pintores y escultores -ejemplos que él mismo proporciona al referirse a las “artes del hacer“-, pertenecen a la misma categoría: los tres, sin distinción, profesan las artes y son, indistintamente, al igual que sucediera en el mundo antiguo y durante el medioevo, artista es una noción intercambiable con artesano, no hay diferencias, así como tampoco se operarán fracturas entre arte y artesanía, escisiones que serán propias del siglo XVIII en adelante.
Lo novedoso en el análisis comeniano es incluir a los docentes, de cualquier nivel escolar, entre los artesanos que habrían de distinguirse por el “saber hacer” en las tareas propias de la enseñanza. De tal modo, Comenio infiere del mundo artesanal el modelo educativo más pertinente para las formas de enseñanza que busca proscribir, y da como regla de oro Lo que ha de hacerse, debe aprenderse haciéndolo:
Los artesanos no entretienen con teorías a los que aprenden sus artes, sino que los dedican al trabajo para que fabricando aprendan a fabricar; esculpiendo, a esculpir; pintando, a pintar; saltando, a saltar, etc. etc. Luego también en las escuelas deben aprender a escribir, escribiendo; a hablar, hablando; a cantar, cantando; a razonar, razonando, etc. De este modo, las escuelas no serán sino talleres destinados a los trabajos.
¿Cuál sería, entonces, la propuesta de contenidos más próximos al desarrollo de los sentimientos, más allá de las buenas costumbres y la piedad, que también prescribe como saberes necesarios?
Legados en torno a la educación musical

Comenio
En estrecha relación con la búsqueda de armonía social, Comenio atribuye a la música un lugar privilegiado en la formación humana.
Atrás de las prácticas musicales comenianas subyacen siglos de una rica tradición musical fermentada en Occidente, en el mundo de la cristiandad, cuyo punto de partida es, por un lado, la cultura de los antiguos -paganos- al respecto; por el otro, el ancestral canto hebreo realizado en las sinagogas. De ahí, la música, aplicada al terreno eclesiástico, se debatirá entre el peligro que encierra para corromper al alma, como instrumento del demonio y de perdición, o bien como poderoso recurso para la elevación espiritual de los seres humanos, como fuente de armonía divina. De hecho, en los primeros siglos del cristianismo, los Padres de la Iglesia vivieron este conflicto y escisión entre la música de los paganos y la música de la nueva Iglesia cristiana, cuya diferencia procedía de la función específica y el contenido, aunque también había un punto de convergencia entre ambos mundos, por la filiación pitagórica de los griegos.
La estrecha relación que existía, en Occidente, entre la música y la poesía, a través de san Agustín, actuó legitimando el valor del canto sacro como apoyo para la oración y el conocimiento del dogma.
Sinembargo, la relación con la música entre el mundo protestante y el católico no fue la misma; en el primero es más relevante la valoración de este campo por sí mismo y su impacto en el ser humano. Ya entre los primeros reformadores, y en particular Lutero (1483-1546), se puede notar que la música, aún cuando referida a su aplicación a la liturgia, se considera, por sí misma, capaz de elevar el espíritu a Dios, no como vehículo del texto bíblico o litúrgico que la acompaña, sino por la misma dulzura de los sonidos:
La música es un poco como una disciplina que vuelve a los hombres más pacientes y más dulces [...]. Es un don de Dios y no de los hombres; ahuyenta al demonio y los hace felices [...]. Quisiera encontrar palabras dignas para tensar las alabanzas de este don divino, el bello arte de la música [...]. Es necesario acostumbrar a los hombres a este arte porque los hace más buenos, delicados y dispuestos a todo [...].
Esto lo afirma Lutero, quien, además de tocar el laud, componía; consideraba, asimismo, absolutamente necesario atender la importancia de la música en la escuela, consciente de sus bondades para el ser humano, y llegaba a afirmar que maestro que no supiera cantar era prácticamente una “nulidad”.
Otro de los reformadores religiosos, también profundo conocedor de la música, Juan Calvino (1509-1564), más interesado por las cuestiones morales en relación con la música, externaba su preocupación porque la música estuviera al servicio de la fe y no de motivos pecaminosos.
En relación con la Iglesia Católica puede decirse, en general, que su posición fue más conservadora: entre los debates y acuerdos del Concilio de Trento (1545-1563), reunido para hacer frente a los movimientos de reformas religiosas que se habían desencadenado entre los disidentes, se llegó a acotar el ámbito de lo permitido en la liturgia en términos de música sacra, pues obispos y padres de la Iglesia prevenían contra los músicos compositores en la medida en que las piezas musicales, con elaboradas manifestaciones vocales e instrumentales, en vez de apoyar, ’usurpaban’ el lugar que debía ocupar el culto.
Puede decirse que la posición del mundo protestante, particularmente la de los reformadores luteranos, propiciará el basto desarrollo de la cultura musical y de la producción y edición de obras: Alrededor de la segunda década del siglo XVI, empezó a aparecer un nuevo género, los Kirchenlieder o canciones de iglesia -cuyo equivalente en Italia fueron los corales- que utilizaban melodías sacras o profanas, o bien eran compuestas por los músicos religiosos versados en música, de modo que, a finales del siglo XVI, ya se había logrado un riquísimo repertorio manuscrito e impreso. Se buscaba, ante todo, hacer el canto accesible a los fieles, de modo que pudieran entonar con facilidad y reunir algunas voces; de aquí derivaría el coral armonizado en estilo Cantional, que llegaría a ser el género privilegiado en las iglesias evangélicas. Con estos ambientes, que dominaron la región donde nació Comenio, no es de sorprender que Juan Amós experimentara, en sí mismo, un despliegue musical en varias direcciones.
Comenio, en particular, es heredero de la rica tradición musical husita a través de su comunidad religiosa, la Unitas Fratrum y él mismo realizó importantes aportaciones en este terreno, no sólo en lo que compete a la formación escolar. Se le considera continuador de la obra de Jan Blahoslav (1523-1571), primer conductor de los Hermanos Bohemios, reconocido por sus conocimientos musicales quien, a la vez que atribuye a la música un valioso contenido moral – necesario para el despliegue de la persona y no sólo como mera diversión-, consecuente con la tradición husita preocupada por el fortalecimiento del nacionalismo checo -que se remonta a los tiempos de Juan Huss (1369-1415)- la ubica en el ámbito del patrimonio cultural, al lado de la lengua y otras expresiones culturales, como un enclave para la defensa de la identidad nacional checa frente a los embates de los pueblos cercanos.
Ahora bien, en la tradición husita, por los motivos que he apuntado, una de las manifestaciones más valoradas, la constituía el canto, como forma de participar en las ceremonias religiosas y de lograr un sentido de comunidad, de modo que Comenio, a lo largo de su vida, se volcó de lleno a preservar y enriquecer el repertorio de cantos sagrados -himnos-, que, finalmente se publicaron en Ámsterdam, en 1659, por Christopher Cunrad, bajo el título de Kancionál (conocido como Amsterdam Hymnal), logrando reunir seiscientos cinco salmos e himnos, con texto y melodía. Al respecto, de acuerdo con los propósitos de este texto, puede señalarse que en el “Prefacio”, Comenio hace interesantes planteamientos en relación con el canto, que considera la parte medular de la formación musical, tanto por lo que se refiere al contenido y forma de las canciones, como a la graduación y accesibilidad de acuerdo con la edad e intereses de los grupos a los cuales se destinan.

Comenio
Por lo demás, es en su Didáctica Magna donde encontramos la presencia de los contenidos musicales a lo largo de las distintas escuelas previstas para la infancia y la juventud. Así, en el caso de la Escuela Materna, que es la propia de la infancia, establece “Sus rudimentos consistirán en aprender algunos trozos fáciles de los salmos e himnos sagrados, lo cual tendrá su adecuado lugar en los ejercicios diarios de piedad“; en el caso de la Escuela Común, destinada a la puericia, señala: “Cantar melodías muy conocidas, y aquellos que tuvieren mayor aptitud comenzarán los rudimentos de la música figurada” y “Saber de memoria la mayor parte de las salmodias e himnos sagrados que use con mayor frecuencia la Iglesia de cada lugar, a fin de que, nutridos con las alabanzas de Dios, sepan, como dice el apóstol, enseñar y estimularse a sí mismos con los salmos, himnos y cánticos espirituales, cantando en sus corazones con fervor a Dios“; la Escuela Latina, orientada a la adolescencia, asume la formación de “Músicos, prácticos y teóricos“; la Academia, propia de la juventud, dará curso a los estudios para los cuales se manifieste una disposición natural, entre los que se encontrará la música.
Con la somera revisión de la manera en que la música se integra como contenido de enseñanza escolar, queda clara su estrecha relación con las prácticas religiosas, como era propio de los tiempos de Comenio.
Existen otras orientaciones referidas a la enseñanza musical de los niños en dos obras que considero particularmente relevantes al respecto: Informatorium Maternum, dirigida a la preparación de las madres de familia, y Schola ludus, en la que hace valiosas sugerencias para hacer agradable el trabajo escolar. La primera, orientada hacia la infancia, aborda ejercicios vocales elementales y para la iniciación en el canto, la ejecución de un instrumento y los rudimentos de la musicología. Plantea dos grandes fases en la formación musical, por así decirlo, una, para niños menores de tres años, donde ellos escuchan cantos y piezas que a continuación cantarán; otra, para niños de cuatro años, donde empiezan a tocar un instrumento, ya sea tamborcillo o flauta, con el propósito de desarrollar el sentido del ritmo. La segunda, Schola ludus, aborda la importancia de la música, como algo connatural al niño, así como la necesaria integración de canto, instrumento musical y principios de solfeo.
Por ultimo, puede decirse que la música fue de tal manera importante, que se apoyó en sus conceptos para metaforizar la sociedad utópica a la que aspiraba, enmarcándola en la armonía, que definió de la siguiente manera: Lo que los filósofos, transfiriéndolo a lo más sublime, también llaman armonía, es la de las virtudes eternas de Dios y de las criaturas en la naturaleza y de las virtudes expresadas por el arte y la prudencia relacionadas entre sí. Los requisitos de la armonía musical (que suena suavemente en las muchas voces), son: 1. la pluralidad de voces, que es como su materia (una sola voz no puede llamarse armonía, sino respecto a las demás partes); 2. La confluencia de las voces singulares con otras también singulares (sin disonancia); 3. Que se presenten relacionadas entre sí, aunque sean cien o mil (ya sean voces humanas o cuerdas o flautas que resuenen sin disonancia).
El teatro: ¿representación dramática o puesta en escena escolar?

Escola de Comenio
Otra de las actividades ampliamente recomendadas por Comenio, que hoy ubicaríamos en el terreno de la educación artística, es el teatro. Pero, ¿cuál es la función que le atribuye?
En principio, considero que procede un deslinde inicial entre lo que es, para nuestro autor, el teatro escolar, propiamente dicho, y el teatro como representación dramática.
Comenio hace referencia a la cualidad del teatro para facilitar y hacer placentera la enseñanza, precisamente en su obra Schola ludus -cuyo título recuerda las propuestas de educadores renacentistas frente a la austeridad de la escuela medieval- y, en ese contexto, siempre se refiere al teatro escolar en términos de ludus, es decir, juego, de modo que el significado asociado a esta actividad propuesta para la escuela es el de entretenimiento, de algo divertido, agradable, placentero, más que el significado de la antigua tradición teatral de la alta edad media asociada al drama.
La obra de teatro escolar de Comenio abarca diez obras: Diogenes cynicus redivivus (escrita entre 1639-1640 y publicada en 1658), Abrahamus patriarca (escrita entre 1640-1641 y publicada en 1661) y un ciclo con ocho partes, Schola ludus seu Enciclopedia viva, hoc est Ianuae linguarum praxis comica ( escrito hacia 1654 y publicado en 1656 y nuevamente editado en 1657 como parte de la Opera didáctica omnia). Es de destacar que todos estos trabajos fueron escritos en latín y constituyen textos escolares en forma de diálogo. Se vinculan, también, a una perspectiva religiosa de la educación, pues constituyen un medio para difundir sus creencias y dogmas.
En la introducción a la edición de Diógenes, establece muy claramente su propósito en relación con estas puestas en escena al manifestar a los lectores: “Nosotros, que recomendamos ejercicios para los niños en las escuelas, no enseñamos cómo representar comedias, lo cual significaría perder el tiempo que ha de destinarse a asuntos serios y no a la dispersión. Se trata de dar orientaciones sobre cómo enseñar cosas útiles para la vida en varios modos placenteros“.
Puede decirse que el teatro, como también pudiera serlo el dibujo, serán recursos que emplea el maestro con una intención netamente didáctica, como facilitadores de la enseñanza, que encuentran su sustento en el principio, que ha de ser ley: apelar a la percepción sensible, vía de entrada al intelecto -siempre subyace el principio aristotélico “nada existe en el intelecto que antes no haya pasado por los sentidos“-, ya que, en voz de Comenio:
(…) debe ser regla de oro para los que enseñan que todo se presente a cuantos sentidos sea posible. Es decir, lo visible a la vista, lo sonoro al oído, lo oloroso al olfato, al gusto lo sabroso y al tacto lo tangible, y si alguna cosa pudiera ser percibida por diversos sentidos, ofrézcase a todos ellos.
De modo que estamos no sólo frente a una representación teatral como tal, sino a la representación sensible de algún tema religioso, como pudiera serlo de cualquier otro contenido escolar; esto nos conduce al terreno de las representaciones, propicias a las imágenes sensibles, que se decantan como sensopercepciones.
Sinembargo, Comenio, como hombre de su tiempo, que experimenta la cosmovisión barroca, probó la afición por el teatro y aun incursionó en él haciendo un ejercicio dramático en relación con el sentido de la vida, el lugar del hombre, eterno peregrino, en el cosmos, que concreta en una de las piezas literarias más caras a las tradiciones moravas y eslovacas: El Laberinto del mundo y el paraíso del corazón, escrita en 1623, rica en elementos autobiográficos e histórico-sociales, pero también alegóricos y simbólicos, revelándosenos una faceta poco conocida del autor de la Didáctica Magna.

Comenio
La cualidad dramática de Juan Amós se muestra en la construcción del argumento, que participa de tradiciones similares en la Europa del centro, donde el punto de partida de la narración es el del hombre, en edad de distinguir entre “lo bueno y lo malo” que se dispone a escoger estado y ocupación en la que transcurrirá la vida, con la intención de que ello revistiera la menor dosis de peligros y violencia y la mayor satisfacción, tranquilidad y bienestar. Con temor a equivocarse o a verse influido y desorientado por los demás, decide ir a ver directamente el mundo, imaginado como ciudad, a la usanza medieval, para percatarse de “cuántas cosas humanas existían bajo el sol”. Al tratar de orientarse por el que sería su camino, le sale al paso un guía -el necesario guía que requieren los peregrinos que transitan por el mundo- para acompañarlo. Se llama Sabelotodo y se apellida Ubicuo; unos cuantos pasos adelante se les une otro guía, la Impudicia, que, por órdenes de la Reina Sabiduría-Vanidad, le da un freno y unos anteojos, para que vea sólo lo que le permiten y lo que vea sea tal y como quieren que lo vea.
Los tres suben a lo alto de una torre, y éste es el primer emplazamiento que tiene el Peregrino, como punto de observación y de reflexión, frente al mundo: A la distancia, ante sus ojos aparece una ciudad amurallada, de planta circular -en parte a la manera de La ciudad del sol, de Campanella, obra que también influyó en la obra de Andreae, Republicae Christianopolitae Descriptio (1619), de quien Comenio fue discípulo. Sus habitantes son agradables, refinados:
“Mientras meditaba -dice-, miré y nos encontramos nosotros mismos (no sé cómo) en una torre muy alta y me pareció que estaba bajo las nubes. Atisbando desde aquí hacia abajo, veo en la tierra un pueblo de apariencia fina y hermosa, y muy amplio, pero en cada dirección podía percibir sus fronteras y límites. Estaba construido en forma de círculo y habilitado con paredes y murallas; en vez de acequia había un valle oscuro, profundo, el que, como me pareció, no contaba con ribera ni lecho. Pero sólo encima de la ciudad había luz; todo alrededor era completa oscuridad“.
Sabelotodo Ubicuo invita al Peregrino a mirar de cerca todo lo que hay en el mundo para decidir su ocupación, de modo que descienden. El Peregrino pasa las dos primeras puertas y empieza a recorrer cada una de las calles y a observar de cerca los distintos estados y ocupaciones. Uno por uno suscita reflexiones y observaciones, azoro y preguntas, que poco a poco lo molestan, lo enfadan y lo decepcionan, por su vanidad, por el engaño y el mal que acarrean tras de sí.
Pero, más allá de compartir la sensibilidad aficionada al tema del engaño, la ilusión, la distorsión de la realidad, Comenio plantea una de sus convicciones filosófico-teológicas, que es constante en el desarrollo de la obra: la concepción del hombre a partir de dos principios antitéticos, el homo animalis y el homo spiritualis, que habrían de resolverse mediante la intervención de la tarea redentora del cristianismo y, supuestamente, mediante la educación, en el paradigma de la perfección del ser humano. A través del recorrido por el laberinto del mundo el autor quiere convencer al lector de que en todo lo que sucede en el ámbito mundano, predomina el homo animalis, carnalis, bestialis; puede decirse que incluso la primera parte de la obra, “El laberinto del mundo propiamente dicho”, es el escenario ad hoc del homo animalis.
La salida del Peregrino, y segunda -y última- parte de la obra, consiste en recluirse en el centro del laberinto y, desde ahí, acceder a una salida mística, de reencuentro con la Iglesia y con Dios, única vía posible para reformar los asuntos humanos, consecuente con su misión generacional.
A modo de cierre

Comenio
Por último, puede afirmarse que Comenio no percibe las artes y, por consiguiente, la educación artística con nuestros ojos. La educación artística, como tal, es una lectura contemporánea de la formación, vinculada a la milenaria fractura que se fue operando entre artistas y artesanos, entre artes liberales y artes mecánicas, próxima a la noción de artes bellas. Las escuelas de hoy en día dan cuenta de algunas de estas filiaciones al acotar, y diferenciar, las áreas de actividades artísticas (música, teatro, danza, dibujo) respecto a las artes manuales o manualidades.
Acercarnos al sentido que Comenio atribuye, desde el siglo XVII, a algunas de estas actividades, nos confronta con la necesidad de historizar conceptos, historizar prácticas, historizar sistemas.
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