
Michel Foucault
El análisis de los discursos que propone Foucault introduce una verdadera ruptura respecto de la “tradición filosófica y lingüística”, pues no se propone analizarlos a partir de la actividad sintética del sujeto, de los significados internos, o a partir de un sujeto del conocimiento o sus intencionalidades, la originalidad, el genio o cualquier otro operador psicológico o metafísico. Antes bien, analiza los discursos a partir de su funcionamiento inmanente, a partir de las reglas que determinan su formación, aparición, emergencia y singularidad. Para Foucault, los discursos y las prácticas que éste inspira obedecen a reglas no explícitas en su superficie, y que conforman al mismo tiempo, un conjunto de restricciones y posibilidades com arreglo a las cuales los discursos suelen ser enunciados, transmitidos, transcritos, escritos, legitimados o rechazados. Por lo mismo, es posible postular una suerte de “imperativo discursivo” que no opera en el nivel de sus verdades interiores ni de su justificación epistemológica, sino de acuerdo a un conjunto de reglas anónimas que provienen de su misma positividad. Ahora bien, el análisis de esta positividad es lo que constituye unos de los objetos privilegiados de la Arqueología. Y podemos agregar que cuanto más se desconocen las reglas que gobiernan los discursos y sus prácticas, más se está expuesto a ellas, y a servir de vehículo a toda clase de supuestos o pensamientos automáticos, los cuales suelen introducirse con notable facilidad, generando así aquellas dispersiones y discontinuidades que la historia de las ideas recoge como contradicciones o desviaciones. En efecto, el régimen de dispersión o desviación de los discursos responde a leyes precisas de formación que el “autor”, más allá de su deliberación, decisión, genialidad o intención, no podrá exhumar ni torcer por fuera de las condiciones de posibilidad material que constituyen los discursos y enunciados en tanto tales. Sin embargo, la psicologización del conocimiento ha hecho depender la producción del saber de instancias tales como la “tradición”, el “espíritu”, el genio, y ha instaurado un “sujeto puro de conocimiento”, más allá de las condiciones materiales de la enunciación y de cuyo régimen depende cualquier formación discursiva. Foucault considera que el “autor” es un operador, un “actuador”, una superficie de emergencia que pone en juego las reglas de formación discursiva a las que no sólo está expuesto sino que al mismo tiempo es su resultado. Por ello mismo, no hay “sujeto trascendental” irreductible y permanente, sino “subjetividad” como resultado y emergente de las prácticas discursivas que lo condicionan.

Foucault
El a priori, desde el siglo XVI, y según su acepción filosófica más corriente suele ser aplicado al tipo de conocimiento que se origina en el ámbito de la razón y que resulta ser independiente y anterior a la experiencia. Esta anterioridad es de naturaleza lógica y funciona como una suerte de organizador que traduce el conocimiento sensible en el lenguaje articulado de la razón. Pues nada que no tenga la estructura lógica del lenguaje puede ser conocido. Y precisamente, dado su carácter de anterioridad lógica respecto de cualquier otro conocimiento empírico, el a priori es considerado como una categoria trascendental. Este a priori pertenece a nuestro aparato de conocimiento, y en su origen, tal como lo señala Kant, es independiente de nuestra experiencia sensible y forma parte de ese dominio de supuestos y categorias a cuyo arreglo el “sujeto cognoscente” accede al núcleo de la experiencia. Entre los atributos del conocimiento a priori, señalamos: su naturaleza formal, su independencia respecto del conocimiento sensible, y su carácter fundador de la experiencia. Sin embargo, este carácter fundador no se aplica a la posibilidad meramente fáctica de la experiencia en tanto tal (Quid facti?) ,sino en el orden del derecho o la petición de princípios (Quid júris?); es decir, su justificación, su fundamentación.

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Ahora bien, la inversión que introduce Foucault en la cuestión del a priori, consiste por un lado en una inversión, y por el otro, en un vaciamiento. En efecto, en el primer caso se sustituye la norma de derecho, e1 orden de la justificación, por el régimen de los hechos. Asi, el a priori no es aquello que justifica y legaliza a la experiencia sino lo que hace posible la realidad material de los enunciados, es decir, su positividad. Se trata ante todo de una figura empírica. El a priori concreto, lejos de servir a la validación de la experiencia, sirve a las condiciones materiales de existencia de los enunciados, sus transformaciones, sus vecindades, a los principios que permiten su emergencia y desaparición. El segundo aspecto de esta inversión consiste en vaciar, evacuar del interior de los enunciados a todo sujeto trascendental del conocimiento, es decir, a todo “cogito” pensante, y en virtud del cual, los enunciados pudieran ser presentados como una síntesis operada por el sujeto. Así, lo propio de este a priori foucaultiano se refiere a la condición misma de los enunciados, a su modo de existencia y coexistencia, aparición y desaparición, no-coherencia y dispersión. En modo alguno este a priori discurre o toma partido por sus verdades interiores, justeza, adecuación, sino que analiza las leyes de su funcionamiento, su proceso discursivo, su capacidad para hacer aparecer nuevos enunciados y desplazar a otros.

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A diferencia de lo que postulan los filósofos transcendentales, el a priori foucaultiano es un a priori orientado hacia la historicidad, y no ya a um principio fundador que organiza y legitima la experiencia a partir de um conjunto de verdades establecidas sino que ante todo, consiste en un conjunto en permanente transformación. Este conjunto, en verdad, es un tejido (episteme, positividades, discursos, archivo), un entramado de objetos que se entrelazan y se entrecruzan hasta asumir una figura determinada en la episteme, y gracias a la cual, quedan definidas para una época determinada. A su vez, estas positividades responden a ciertas modalidades de disposición y ordenamiento que Foucault denomina “archivo”, y que rige el conjunto de discursos efectivamente pronunciados y de enunciados efectivamente dichos como acontecimientos singulares.

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El a priori histórico es un sistema ( episteme, positividades, archivo) compuesto a su vez por un sub-sistema (discursos, enunciados, objetos discursivos) que posee su propia estructura y su propia función consistente en la delimitación de un campo de saber posible, los mecanismos reguladores del comportamiento de los objetos, su dispersión, su simultaneidad. Este sistema tiene su propia autonomía y en su interior no reside sujeto alguno que sea capaz de orientar su finalidad o dirección hacia un lugar determinado. Este sistema se autoregula conforme a un funcionamiento específico que ninguna subjetividad trascendental podrá orientar mas allá de lãs reglas que lo determinan y lo constituyen como sistema autónomo. Por ello, el a priori histórico no analiza autores ni pensadores, quienes, no obstante operar en su interior, constituyen puntos de emergencia antes que lugares de síntesis o de orientación. El a priori histórico se vale de unidades, de conjuntos, de series, de relaciones, de secuencias, y lo que pone en juego, es el conjunto de las dispersiones, desapariciones y emergencias, conforme a ciertas condiciones de formación y de transformación.

A su vez, los sistemas y subsistemas que conforman el a priori histórico se encuentran atravesados y expuestos a toda clase de transformaciones, convulsiones, interrupciones, quiebres, que suscitan por su parte nuevas configuraciones, muchas veces de un modo brusco y repentino. De este modo toda una episteme puede verse convulsionada a la luz de otra episteme incipiente, y esto no ocurre inopinadamente por obra del desconocimiento o de la incapacidad, sino por efecto de una transformación subterrânea anónima, como resultado de haberse incrementado un saber o una técnica en ciertas regiones epistemológicas. Así, un descubrimiento, un perfeccionamiento de ciertas técnicas de lectura, un cambio drástico en el campo perceptivo o episteme de una época, pueden hacer tambalear a toda una arquitectura del saber bien fundada, bien codificada y rigurosamente construida. El a priori histórico subvierte la noción de la continuidad histórica, e interrumpe el mito de la finalidad de la historia en dirección al progreso creciente.

Foucault
Foucault no analiza autores, sino el funcionamiento de ciertos enunciados, de ciertos discursos, sus leyes de significación, sus reglas de formación. Tampoco apela a un sujeto puro del conocimiento en cuyo fondo se ha hecho aparecer la distorsión, el error, la desviación con arreglo a la cual es medida, y también el acierto, la adecuación y la exactitud. Los errores, las distorsiones, las equivocaciones, los cortes, forman parte de los discursos, y el orden de su dispersión no es azaroso sino que responde a estrictas reglas de formación.

Michel Foucault
El discurso puede ser analizado alegóricamente respecto de aquello que quiere significar, o bien, puede ser analizado a partir de sus funcionamientos autónomos, a partir de sus reglas de formación, y donde los sujetos pensantes aparezcan como superficies de emergencia de la enunciación, como sus escansiones, sus cortes, antes que sus agentes activos y conscientes.

M. Foucault
La materialidad del discurso propuesta por Foucault y que surge de aplicar las operaciones arqueológicas, parece encontrarse muy próxima a la materialidad del significante postulada por Lacan en su enseñanza. La misma autonomía del significante respecto del significado es la que parece existir entre el discurso y los múltiples significados que éste puede asumir. Y del mismo modo que no existe una significación absoluta u originaria, tampoco existe un discurso originario a partir del cual se desplegaran el resto de los discursos a modo de una cascada. Pero, en lo que respecta a la causa del discurso, Lacan destaca allí la dimensión de una carencia, una falta que se prorroga indefinidamente, mientras que para Foucault, el motor de los discursos parece residir en las complejas reglas que regulan sus comportamientos y transformaciones. No obstante, el punto de encuentro de ambas prácticas reside en destacar la materialidad del diseurso y su autonomía respecto de cualquier sujeto de la enunciación que quisiera, arrogarse para sí la soberanía de sus leyes. El discurso, en uno y en outro caso, pre-existen al sujeto. Esta pre-existencia, esta materialidad que atraviesa a los sujetos, esta autonomía, el anonimato de sus reglas es lo que permite sostener y justificar un análisis arqueológieo de los discursos.
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