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La objetivación del sujeto
En general, El discurso educativo actual asume que el sí mismo conocedor subjetivo es sí mismo como objeto de estudio y que el conocimiento del sí mismo constituye la base para una identidad educada. No obstante, eso no fue siempre así. De hecho, la noción que el sí mismo subjetivo pudiera tener una identidad objetiva es particularmente característica de la modernidad. En la obra de Immanuel Kant podemos examinar una de las primeras formulaciones del sí mismo como objeto.
La modernidad se caracteriza como una ruptura o rompimiento a partir de la Ilustración y por tres motivos. Primero, el convincente análisis que hace Kant del racionalismo y el empirismo echó a perder con efectividad ambos sistemas analíticos como discretos fundamentos plausibles, con lo que quedó abierto a la discusión el debate central que constituía la filosofía de la Ilustración. Las preguntas de Kant no se referían a los objetos que se veían, sino a cómo se producía el propio hecho de ver. Segundo, el imperativo categórico planteó un sujeto como punto de vista. Eso significa que el sujeto de la modernidad dejó de darse como trascendente; el sujeto como punto de vista se convirtió en el objeto de la investigación. El sujeto educado empezó a cuestionar las facultades de percepción, como la vista y el conocimiento. A partir de ahora ya no se podía dar por sentado al sujeto. El sujeto de la Ilustración como tabula rasa o ingenuidad fue sustituido por una moderna conciencia objetiva a priori. La experiencia subjetiva moderna sería examinada usando las mismas tecnologías que se habían desarrollado para examinar los objetos de la ciencia. La tercera dimensión fue que el significado de educado cambió desde el sujeto trascendente de la Ilustración al sujeto institucionalmente identificado de la modernidad. El proceso de llegar a ser educado pasó de ser una empresa predominantemente filosófica a una empresa enmarcada institucionalmente, es decir, la escolarización.
En la obra de Kant alcanzaron su culminación los debates ilustrados entre racionalismo y empirismo. En la epistemología de Kant y en la medida en que el racionalismo y el empirismo fueron finalmente “sintetizados”, ni el uno ni el otro pudieron desplegarse en su forma previamente separada. Kant no investigó los objetos, sino nuestro conocimiento de los objetos. Es decir, cuando la epistemología kantiana cuestionó al sujeto cognoscente, ya no quedó relación asumible entre el objeto y el sujeto. Surgió así una nueva forma de subjetividad en la que el sí mismo educado se convirtió tanto en el investigador como en el investigado. El sujeto educado asumió una identidad como alguien que examina semiconscientemente al sujeto como conocedor.
En lugar de los debates anteriores que avanzaban y retrocedían entre racionalismo y empirismo, surgió el “imperativo categórico”: “El punto de partida es no ser sino conciencia”. Este cambio es importante porque aporta una formulación inicial que permitió el estudio del sujeto como objeto. Además, aporta el mecanismo para un cambio desde el poder soberano (objetivo) a un ejercicio disperso del poder (subjetivo). La investigación del sujeto como un objeto en su contexto histórico conduciría eventualmente a la desaparición del sujeto como sujeto y a la inclusión del sujeto en la objetividad.
Para el sujeto educado ya no fue posible citar los sueños como evidencia, puesto que se habían cuestionado las capacidades perceptivas del sujeto. Este es el cambio que definió el “conocimiento subjetivo”, que pasó de significar “opinión invalidada” y “conocimiento objetivo”, a significar “verdad validada”.

La forma en que la objetivación del sujeto fue asumida históricamente en la modernidad británica queda ejemplificada en los escritos de Johan Stuart Mill. El discurso filosófico de Mill, como el de Locke antes que él, se centró precisamente en la relación del individuo con la sociedad. Es importante tener en cuenta, sin embargo, que “sociedad” es un objeto moderno de investigación que no perteneció a contextos históricos anteriores. La monarquía constitucional creada por la revolución burguesa democrática de 1688 en Inglaterra, aportó el foro histórico en el que la sociedad se convirtió en un objeto (o sujeto) de la investigación racional, la clasificación sociológica y la administración política. El surgimiento de las instituciones sociales y políticas obligó a los administradores a definir y resolver temas de diferencia entre las gentes, con objeto de gestionar la sociedad.
Al analizar el resultado de la revolución epistemológica de Kant en relación con el utilitarismo de Mill y el desarrollo de las instituciones sociales, situamos otro nodo en el legado genealógico del sujeto educado. El sujeto educado de Kant estaba constituido en términos de “categorías” a priori. El aspecto de subjetividad educada de la Ilustración fue la liberación de la razón humana respecto de las determinaciones de la ley o la autoridad. Para Kant, convertir al sí mismo en un objeto de investigación consciente significó liberarlo del determinismo impuesto por las leyes de la naturaleza: “En realidad, la libertad no es más que la actividad espontánea de la que nosotros mismos somos conscientes. Las palabras ‘yo pienso’ ya indican que no soy un agente pasivo, sino libre, incluso en mis representaciones”.
El aspecto revolucionario de este cambio consistió en liberar posibilidades para el conocimiento humano de las determinaciones incontrolables de la ley natural o divina. Al situar al sujeto perceptor bajo el microscopio de la ciencia, el sujeto educado creó un potencial muchísimo más grande para el estudio científico. Además, si el sujeto educado ya no estaba determinado por la ley natural, entonces se le podía cambiar (es decir controlar) a través de la intervención científica. Por otra parte, el conocimiento del sí mismo serviría como el medio por el que el sujeto educado se convertiría en miembro de una sociedad moderna. El poder, pues, dejó de concebir-se como estrictamente soberano. El ejercicio moderno del poder empezó a adquirir la forma de control del sí mismo subjetivo por parte del sí mismo subjetivo.
La constitución del moderno sujeto educado se puede describir por tanto como una objetivación complicada y reflexiva. Es decir, previamente las metodologías científicas se habían aplicado a la investigación de objetos en el mundo exterior; se daba por sentada la realidad de un sujeto perceptor, de modo que el “si mismo” sujeto era sacrosanto e incuestionable. Pero la ciencia moderna consideraba ahora al sujeto perceptor como susceptible de investigación por medio de métodos científicos. Además, el contexto histórico de modernidad identificó al sujeto educado como un miembro de la sociedad.

“Reflexividad” es el término que describe la situación en la que el sujeto percibe al sujeto. El psicoanálisis freudiano habría sido inimaginable sin la objetivación del sujeto. La reflexividad moderna es una inversión de la subjetividad cartesiana en la que el sujeto/sí mismo era trascendente y el objetivo de la ciencia era el desarrollo de la metodología. En contraste con ello, las metodologías de la objetivación reflexiva construyen al sujeto/sí mismo como el objeto de un método científico asumido y en relación con una totalidad social. Eso fue lo que, en efecto, hizo que la sociedad fuera trascendente y el sujeto individual objetivado.
La ciencia moderna no fue una empresa hipotética. Ser educado significó ocuparse de toda una nueva gama de problemas: los de una sociedad y la relación del individuo con instituciones de administración y regulación. Unidad y verdad se comprendieron en términos de ciencia social y el “descubrimiento” científico de la diferencia tuvo consecuencias políticas de una nueva clase. Las cuestiones de derechos y justicia surgieron en contextos de administración institucional, gestión económica y legalidad. El sujeto educado fue construido en relación con la sociedad, con “sujeto”, “educado” y “sociedad” como categorías impugnadas.
En el discurso educativo, por ejemplo, la construcción del sujeto educado permitió dos clases muy diferentes de argumentos sobre identidades sociales. Un posible argumento fue que los géneros y las razas eran “realmente” diferentes, basándose la asunción de la diferencia en fenómenos percibidos objetivamente; eso justificó que las diferencias percibidas justificaran pedagogías, leyes, derechos e identidades igualmente diferenciadas. Un argumento diferente fue que la razas y los géneros eran “realmente” similares, basándose dicha similitud en la asunción de derechos naturales subjetivamente fundados; las diferencias sólo eran simples variaciones perceptivas, lo que significaba pedagogías, leyes, derechos e identidades universalmente adscritas. El problema, por tanto, sería cómo administrar una sociedad con una diversidad aparente.
En cualquier caso, el modo de subjetivación ya no era una cuestión personal, sino transpersonal. Las fronteras epistemológicas del sí miso dejaron de ser individuales (personales) y se fundamentaron en un contexto social (transpersonal), con términos tales como nación y clase. En tales circunstancias, el contexto social de modernidad permitió justificar una proposición (producir conocimiento) apelando a “realidades” aprehendidas racionalmente más allá de la experiencia personal (subjetiva) y específicamente fundamentadas en términos sociales (objetivos). Del mismo modo, el sí mismo se entendió como sujeto con respecto a la regulación y como objeto de la misma, en términos de identidades sociales racionalizadas.
El modelo epistemológico de sujeto y objeto no pertenecía a sistemas distintos al de la modernidad. Las versiones “tradicionales” de idealismo, metafísica, formalismo, deísmo y humanismo habían asumido un sujeto no mediatizado o trascendente, al menos hasta cierto punto. El impacto de la ruptura epistemológica kantiana fue tan profundo en el discurso filosófico que, a partir de entonces, todas las construcciones previas de subjetividad (en las que se suponía la existencia de un “conocedor”) se clasificaron como “realismo ingenuo”. Fuera de la modernidad, el punto de vista no se cuestionaba, no se examinaba, no se “veía”, por lo que era “ingenuo”. La objetividad moderna revolucionaria construyó un punto de vista aprehensible. En la construcción del sujeto moderno educado, lo que tradicionalmente se había considerado como sagrado (el alma/sí mismo) se reconstituyó como oculto y necesitado de examen. A partir de entonces, ser educado significó examinar no sólo los objetos del mundo, sin o también el propio punto de vista.

El sí mismo educado de la modernidad era epistemológicamente complejo. El sujeto educado no sólo poseía una capacidad muy ampliada para la observación científica, sino que él mismo se identificaba como objeto de investigación científica, parte de la sociedad y, simultáneamente, el negociador entre las posturas del conocedor y lo conocido, del gestor y el gestionado. Desde el punto de vista político, la subjetividad moderna es en cierto sentido paradójica. Es decir, al sujeto se le adscribieron una percepción ilimitada y capacidades reguladoras ilimitadas; al mismo tiempo, el sujeto perdió su soberanía trascedente en la medida en que se le integró u objetivó en una abstracción organizada y regulada en términos de categorías social-científicas.
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